
«Nunca deseo ser fácilmente definido. Prefiero flotar sobre las mentes de otras personas como algo estrictamente fluido e imperceptible; más como una criatura transparente, paradójicamente iridiscente, que como una persona real».
-Franz Kafka.
Desde que soy niña he sido clasificada como una persona rara, mucho antes de que yo me diera cuenta. No importaba cuántas cosas “normales” o populares me gustaran, siempre había algo «off» conmigo. Por bastante tiempo creí que internamente era un defecto, creándose así una guerra interna muy mal enfocada.
Si hay un grupo al que podría despotricar con gusto serían los adultos en mis etapas formativas. El juicio de la gente me marcó mucho, sorprendentemente desde mi corta edad notaba como adultos usan a los niños como gallos de pelea y lastimosamente yo era el más débil. Simplemente por raro.
Crecí siendo una persona ciscada por mis mayores, adelantándome minuciosamente a acciones predecibles para agradarles o para aguantar lo que fuese que sin querer causé. Lo más feo de haber crecido con la etiqueta de niño raro no era que no pudiese llevarme con mis iguales, sino, que para ellos seguiría siendo una amenaza sin descripción.
Los niños no eran los villanos, eran los adultos. Esa mirada extraña, esa sospecha pesada, me dolía y mucho. Me frustraba y culpaba por no entender que era lo que tenía que no llegaba a agradarles a ciertas personas, ya que no tenía nada que ocultar, aún así mi pequeña persona era constantemente exhibida.
Estamos hablando que esta distinción la noté cuando eran los últimos años de primaria. No era la primera vez que alguien me hacía notar que no pertenecía, la diferencia era la falta de violencia.
Estos sucesos marcan, me dejó una cicatriz emocional que yo solo notaba pero me aterraba que se viera. Por mucho tiempo creí que esos adultos que me apartaban por mí extrañeza la notaban y por eso me alejaban.
Acabo de ver un video de la vida de Tim Burton, no soy fanática de él, sin embargo, su historia parece mimetizar en etapas la mía; estudiar en el colegio de Walt Disney como un alumno becado, pero lo que menos te sale hacer es animar a lo Disney. Tomar conciencia de tu rareza es complicado y un acto de amor puro, es constantemente saber que no perteneces pero confiar ciegamente de que tampoco habrá algo como lo tuyo, sin ego, solo esencia.
Se supone soy un adulto, uno joven que confirma que la rareza no caduca, ahora que me he convertido en uno comprendo varias cosas. Quienes señalan con malicia la rareza es porque esconden la propia, ante lo inclasificable nace lo incomodo, como suma de estos la falta de control y el que busca controlar a otros es porque no logra controlarse a sí mismo.
Ser raro no tiene cura, no hay explicación, simplemente uno es así. No necesitas escuchar música alternativa, tener Letterbox, ir a puros cafés locales, no ser “como los demás”. Lastimosamente o para bien , la rareza no la pides, la gente te la reconoce sin tú saberlo.

Con devoción de René… para la gente nacida del polvo de estrellas:
David Bowie, Robert Smith, Shelly Duvall, Vincent Price, Kate Bush, Gregorio Samsa, David Lynch, Nardwuar, Iris Apfel, Ozzy Osbourne, Björk, Jim Henson, Dewey de Malcolm el de en medio, Alice Cooper, los morros de IT, Prince, el Hombre Elefante, hasta la amistad del Macaco y el Chino de María de todos los ángeles (Ámbar y yo).



