Hay un verde que no necesita explicación. Un verde intenso, casi eléctrico, que se reconoce antes de probarse: en la textura fina del polvo, en una promesa vegetal que anticipa pausa y goce. En una ciudad como la nuestra, ese verde funciona como un respiro imaginativo, una invitación a cerrar los ojos y disfrutar del sorbo de un buen matcha.


El matcha que llega a la mesa en SAN nace muy lejos, en campos japoneses trabajados con paciencia, sombra y mucho tiempo. Un origen que se percibe más de lo que se explica, y que suele marcar a quienes lo probamos. A veces, enamorarse de un país empieza por el paladar: por un sabor que se queda y por una textura que se vuelve memoria. Después del viaje surge el impulso de compartirlo como traducción sensible. SAN nace desde ahí, del deseo de traer a México una experiencia que marcó y dejar que el matcha sea el hilo conductor.
El espacio acompaña ese mismo ritmo. Minimalista, amaderado, cálido. Todo parece dispuesto para que la atención se concentre en el momento presente. Aquí, el matcha se manifiesta en distintas expresiones: desde las más puras, donde el agua y el té bailan solos, hasta versiones más experimentales que exploran la cremosidad, el dulzor y la profundidad de este ingrediente. En cada preparación puedes ver cómo un mismo verde se transforma, cómo la espuma cambia su volumen, cómo el origen se expresa de manera distinta.



Por otro lado, la cocina dialoga desde la contención. Pan francés con hojicha, toasts con anko, sandos de frutas rojas. Platos pensados para convivir con el té sin desplazarlo, construyendo un equilibrio natural entre textura, temperatura y sabor.
En su llegada a la Condesa, SAN se presenta como un refugio donde el verde es un lenguaje. Un punto de encuentro entre Japón y la Ciudad de México.


Fun fact: para quienes desean llevar esa experiencia más allá de la mesa, el matcha que se sirve también puede adquirirse ahí mismo, extendiendo el ritual al hogar y permitiendo que ese verde intenso siga acompañando otros momentos del día.



