ROMA_El oro volvió visibles las heridas, el oro nunca las cerró.
Brilló sobre lo sagrado,templos tomados, sobre c u e r p o s r e n o m b r a d o s .
Brilló el poder. Las colonias quedaron suspendidas en la a r q u i t e c t u r a , e n l o s símbolos que seguimos mirando hacia arriba y en la idea de que la luz viene
siempre de afuera.

El resplandor sacro insiste. Cúpulas, altares, figuras elevadas que prometen orden mientras c u b r e n l a f r a c t u r a . E l o r o conserva pero nunca sana.
Mantiene la herida en estado de ceremonia, la vuelve intocable.
Bajo esa luz, el tiempo en loop. La fe, como el oro, también es una
herramienta, reluciente, pesada, heredada. La herencia no llega solo en los
muros. Llega en la sangre, en los gestos que repetimos sin saber de
dónde vienen, en la manera de habitar el silencio. La familia es
una colonia íntima. Nombres que se imponen, ausencias que se
normalizan, a relatos incompletos los aprendemos a llamar origen.
Po d e m o s a m a r l a r a í z s i n idealizarla, solo sosteniendo su
complejidad sin huir.

Sanar no es desprenderse de esa herencia, sanamos si la
a t r a v e s a m o s . A s í s i n adornos. Sanar no es corregir el
pasado. Es mejor aprender a m i r a r e s e b r i l l o s i n
obedecerlo. Reconocer que muchas heridas fueron doradas para no ser tocadas, para parecer destino.
La raíz no es pura, la sangre no es línea recta, toda reconstrucción empieza aceptando el peso de lo recibido.

Hay una luz que no impone y que ocurre cuando el cuerpo deja de defenderse
de su origen.

Entre restos dorados y escenas cotidianas, la herida deja de ser monumento. Se vuelve experiencia. Se vuelve presente. La luz cambia de escala.Ya no cae desde cúpulas ni altares, entra por ventanas comunes, se posa sobre cuerpos
cansados, sobre manos que trabajan, esperan, recuerdan.
Hay una claridad que no busca dominar, solo acompañar.
No brilla y solo permanece.

Reconstruirse es quedarse. Habitar lo que quedó después del saqueo y aceptar que también ahí hay vida. Entre restos, algo se reordena. No hay redención, pero sí
continuidad. Una luz interna, por fin, sin dueño.

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