Como el mecanismo hacía que los asientos se desplazaran en círculo, cada vista pasaba ante todas las posiciones desde las cuales, a través de una doble ventana, podía contemplarse su desvaída lejanía […] En 1822, Daguerre inauguró su Panorama en París. Desde entonces, estas cajas claras y relucientes —acuarios de la lejanía y del pasado— se han instalado en todas las calles y bulevares de moda.

(Walter Benjamin) 

A finales del siglo XIX apareció en las principales ciudades europeas un dispositivo: el Kaiserpanorama, hoy casi olvidado pero clave para comprender un cierto régimen histórico de la visión. Era una máquina óptica colectiva, con una estructura circular de madera perforada por pequeños orificios oculares. El público se reunía alrededor del dispositivo y observaba en su interior imágenes estereoscópicas en movimiento, mirando a través de esas mirillas. Cada espectador miraba por su cuenta, aunque todos miraban al mismo tiempo: un ritual público fundado en el aislamiento de la mirada.

Este dispositivo permitía acceder a imágenes de ciudades lejanas, paisajes exóticos, monumentos, ruinas, escenas de la vida cotidiana en lugares inalcanzables. Un mundo entero entraba en una habitación. Era una forma de viajar permaneciendo inmóvil. El Kaiserpanorama no solo mostraba imágenes: escenificaba el propio mecanismo de la visión. En ese teatro de apariciones efímeras, como recuerda Walter Benjamin, se practicaba una visión disciplinada, paciente, hipnótica, que allanaba el camino al cine mientras preservaba algo más arcaico: la contemplación, la distancia, la suspensión. La imagen no abruma aún al espectador; lo educa. Le enseña a permanecer quieto, a concentrar la mirada y a asumir una posición basada en la atención.

Esta pedagogía de la visión quedará parcialmente eclipsada por la aceleración del cine y, más tarde, por la proliferación de imágenes digitales. Sin embargo, lo que queda marginado no desaparece por completo. Permanece en suspensión, disponible para traducciones, desplazamientos, refracciones. Es precisamente en esta zona de supervivencia donde el dispositivo del Kaiserpanorama puede hoy reactivarse como modelo perceptivo para un desfile de Alta Costura. No como una referencia nostálgica, sino como una herramienta crítica capaz de interrogar las condiciones contemporáneas de la mirada.
 


Créditos: Valentino: Specula Mundi

Nuestro presente está regido por la simultaneidad de la mirada, la sobreexposición mediática y el consumo rápido; por ello, la Alta Costura propone una visión marcada por una temporalidad distinta, hecha de lentitud, proximidad y concentración. Cada prenda celebra un encuentro singular, tanto por la manera en que es concebida y confeccionada como por las condiciones bajo las cuales se ofrece a la mirada. El Kaiserpanorama traduce esta exigencia en una forma espacial, operando una torsión conceptual: no amplifica la visibilidad, la restringe. A la mirada se le pide ocupar una posición y se vuelve intencional, situada, consciente de su parcialidad. Así, a la circulación espasmódica de imágenes hiperfotografiables se opone una observación solitaria, atenta, casi secreta. En esa zona ambigua donde vestirse y ser visto se interceptan, el ojo penetra en un espacio íntimo, casi inaccesible. Un espacio distópico, mecánico, intermitente, donde la tensión voyeurista… se intensifica, cargada de anticipación. Aquí no se mira junto a los demás: se espía furtivamente al otro, como en un peepshow moderno, cada uno desde su propio punto ciego.
 

Créditos: Valentino: Specula Mundi

En el desfile Specula Mundi, el Kaiserpanorama adopta la forma de un altar contemporáneo: un lugar de concentración simbólica que establece una ritualidad, orienta la mirada y regula el acceso. Lo que aparece se separa del uso ordinario, se aísla, se destaca y se vuelve digno de contemplación. Las campanas que tradicionalmente marcaban el paso de una imagen a otra en el Kaiserpanorama se transforman aquí en música techno convertida en pulsos litúrgicos que marcan el ritmo de la aparición. No es casual que las prendas emerjan como epifanías impregnadas de lo divino: presencias arcaicas y, sin embargo, profundamente contemporáneas, que afloran de una excavación arqueológica en el imaginario de Hollywood.

Dentro de este dispositivo, el cine no se evoca como tecnología de la imagen, sino como un repertorio mitológico: una fábrica de iconos, cuerpos sublimados y apariciones que se convierten en objetos de veneración. Un archivo vivo de figuras y gestos que siguen actuando en el devenir de la historia.

Créditos: Valentino: Specula Mundi

En Hollywood, las divinidades poseían posturas, miradas y siluetas claramente reconocibles. Habitaban la distancia, la luz, el exceso. Eran presencias retiradas de lo ordinario, confiadas a una forma de culto secular. Las prendas de Specula Mundi se inscriben en esta continuidad mitopoyética. No como homenajes ni referencias, sino como nuevas encarnaciones. La Alta Costura se convierte aquí en el altar donde el mito se transmuta una vez más en cuerpo, materia, tejido.

El Kaiserpanorama se transforma así en un dispositivo que posibilita esta transmisión: una liturgia de la aparición que sitúa la prenda dentro de su temporalidad ritual, lejos de la circulación compulsiva de las imágenes. En este espacio separado, la ropa deja de ser un objeto de consumo rápido y se presenta como una hierofanía: una presencia sagrada que exige demora, escucha y una disposición específica. En consecuencia, el Kaiserpanorama no es una simple cita histórica ni un artificio escenográfico; encarna un gesto teórico que interroga la relación entre moda y visión, entre deseo y distancia, entre lo ordinario y lo que lo trasciende. Aquí la mirada ya no domina la escena: ella misma es puesta en cuestión.

En este sentido, Specula Mundi se convierte en un espejo que no aspira a reflejar la realidad tal como es, sino a interrogar aquello que la hace posible. No multiplica las imágenes, sino que suspende su flujo para revelar las condiciones de su existencia. En esta reflexión, la moda redescubre su dimensión ritual y crítica: no solo una superficie que se recorre, sino un umbral donde se aprende a detenerse y a contemplar el mundo.

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