Hay algo muy interesante que pasa cuando alguien domina una técnica. Ya no necesita probarlo. Ya no tiene que demostrar nada; puede empezar a jugar. En la cocina —como en el arte— replicar es relativamente sencillo. Lo complejo viene después: decidir qué hacer con eso aprendido, dónde torcerlo, dónde hacerlo tuyo.

Eso es lo que se siente al sentarse a la mesa en Marta, el primer proyecto del chef Manuel Sánchez Camarena, cuya formación francesa se percibe desde el primer bocado, pero nunca se impone.

Hay platos que se reconocen, pero que sorprenden por los detalles: una acidez que despierta, una textura que se queda más tiempo del esperado, un contraste que obliga a poner atención. No es una cocina estridente; es más bien una conversación que se va dando poco a poco.

El espacio acompaña ese mismo lenguaje. Marta vive en una casa histórica de la Juárez, y eso se siente desde que entras. No solo por la arquitectura, sino por la atmósfera: la luz, los silencios, la sensación de estar en un lugar que ya tenía historia antes de convertirse en restaurante.

Marta prefiere algo duradero: crear memoria en nuestros paladares. De esas cenas que no se cuentan con exactitud al día siguiente, pero que se recuerdan perfecto semanas después. Y quizá por eso —sin necesidad de decirlo demasiado fuerte— termina siendo un lugar ideal para compartir una fecha especial, cuando lo importante no es el plan, sino el momento.

Está en Río Lerma 297, en la Juárez, y es de esos lugares que se sienten mejor cuando se comparten, sobre todo en planes que no necesitan demasiadas palabras.

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