Hamilton es un musical de Broadway que lo cambió todo por ahí del 2015, un fanfic político creado por una persona tanto adorable como neurótica.

Lin-Manuel Miranda desde su perspectiva toma la historia estadounidense y nos cuenta los escándalos, traiciones, inseguridades y pleitos de secundaria de los padres fundadores estadounidenses, como si fuera Kendrick Lamar un domingo de resurrección cualquiera. Gracias a esto pudimos conocer al bastardo, huérfano, insensato y dolor de trasero Alexander Hamilton, héroe de la patria y de Nueva York.

No obstante, todo Batman tiene a su Joker y aquí, en este universo, ese villano se llama Aaron Burr. Sorprendentemente, su origen es parecido al de Hamilton, huérfanos con hambre de crecer.

Con el paso de la obra, Hamilton escala sin parar mientras el camino de Burr se complica y se frustra. Al final, y no es spoiler porque pasó en la vida real, Burr mata a Hamilton en un duelo de los 1800.

Gracias a Lin tenemos esta obra milimétricamente pulida, un trabajo de cinco años sin descanso, componiendo como si fuese Alexander y los 51 Papeles Federalistas, enseñando que con esmero y fuerza de voluntad nivel músculo de Dwayne Johnson podremos lograr lo que sea (Discurso que Miranda ya trabajaba desde In the Heights). Por mucho tiempo mi miedo más grande era convertirme en Burr, lo sigue siendo, lo es para la gente como Lin y los parásitos como yo.

«A los que se desvelan con bruxismo y mal humor, vamos bien, vamos bien».
-Catriel y Paco, Todo Ray.

Últimamente observo que en los CVs piden proactividad, esta palabra elegante que resume un “espero no tener que decirte a cada rato lo que tienes que hacer”. Pero en mi clase de costos y presupuestos entendí que también es una manera bonita de decir “ya me cansé de abrir la cortina todos los días y ahora quiero que alguien más lo haga por mí”.

El subtexto detrás se me hace pasable porque así funciona la vida. Pero el nivel en el que se exige la productividad cada vez opaca más cosas como tener un nivel entendible de íngles.

En el ámbito laboral comprendo por qué se pide, pero considero que en el poco tiempo de vida que nos queda la proactividad se convirtió en otro piso aspiracional del bienestar y de la programación neurolingüística mal dirigida. La proactividad deja de ser una habilidad humana y se convierte en parámetro de valor humano. No está mal hacer maroma y media para conseguir lo que queremos, está horrible cuando sentimos culpa por parar.

El radicalismo espiritual nos enseña que lograremos todo, pero ¿qué pasa si no? No nos permite doler, no nos permite sentir agobio o convivir con nuestro lado complejo porque aparentemente eso es “vibrar bajo”.

Toda mi vida he sido un Hamilton. Mi mayor miedo es perder lo poco que he logrado porque en mi mente siempre fue de aquí hasta las nubes. Incluso llegué a creer que había perdido la sensación de soñar. Una de mis amistades, con mucha compasión, recibió con cariño mi relajo mental y, muy a lo Billy Joel, solo comentó “me alegra que estés doliendo todas aquellas cosas que crees no poder resolver, pero no sabes aún en lo que te puedes convertir, no pierdas esa ilusión de soñar”.

En este periodo lo único que pensaba era en Burr. Todo el tiempo. De hecho, esta es la segunda vez que escribo este texto porque mis letras y yo decidimos darnos unos días para respirar. Originalmente iniciaba así:

“Encontré algo asqueroso en mi cabeza. Todo comenzó porque un mosco me picó y obviamente me rasqué. Me rasqué tanto que ahora tengo una costra ahí. Sin embargo, aunque ya no existe comezón, continué. Hoy noté que se hizo peor.

Es curioso porque la parte roñosa de mi cabeza se encuentra exactamente arriba de la frente, ese lugar que uno se agarra con angustia cuando piensa demasiado. Estoy inquieta y exhausta. Me acompaña una culpa que pensé haber logrado regular. Sigo teniendo miedo”.

Dato curioso, mi costra ya sanó. Aunque ahorita tengo el mal hábito de acariciarme la cabeza, es más por ligeros dolores de neuralgia que por rascarme como chango. Habilidad conseguida, nuevo reto adquirido.

Cómo nos gusta aferrarnos. Incluso cuando nuestra amiga nos habla por quinta vez del mismo vato horrendo. No es tan diferente a las relaciones laborales que construimos. Nos aferramos a las cosas como si tuviéramos un solo talento y un cascarón humano, como si dentro de nuestro cuerpo no existiera un sistema nervioso agotado.

La I Want Song de Burr se titula Wait for It. En ella compara sus deseos y necesidades con las de Hamilton. En el coro canta:

“Esperar, esperar, esperar
Soy la única cosa en la vida que puedo controlar
Soy inimitable, soy un original
No estoy quedándome atrás o llegando tarde
No estoy quieto, estoy al acecho”

Hace unos meses esa parte me destruyó porque en mi adolescencia Burr representaba ese resentimiento.

La canción deja claro que Hamilton no tiene nada que perder. Hoy entiendo que la tragedia de Burr no era simplemente flojera, era sentir que nunca se esforzaba lo suficiente. Todo el tiempo se le ve entregado a su visión, aunque Alexander no lo comprenda. Existe, solo que como no es el protagonista no lo conocemos más allá de cómo él mismo se narra. Su prudencia y silencio también tienen peso.

Alexander, en cambio, vive toda la obra dentro de su propia I Want Song. My Shot, Non-Stop, Right Hand Man. No es hasta casi el final que comprende el peso del silencio. No porque quiera, sino porque la vida lo obliga a parar.

Hay una característica que se repite a lo largo de toda mi verborrea, el miedo a perder lo que se tiene. Aunque Burr menciona que Hamilton carece de ese miedo, yo creo que toda acción de Hamilton nace exactamente de ahí. Hamilton es el sinónimo de la proactividad, pero también la muestra de lo que pasa cuando no puedes detenerte.

A diferencia de Burr, Hamilton viene de un contexto mucho más vulnerable. Su característica principal es la insuficiencia. Todo puede mejorar porque siente la obligación de que así sea. En su mente, parar significa regresar a la vida de la que tanto le costó escapar. Y ese miedo lo esconde detrás de trabajo, obligaciones, audiencias y validación.

Su matrimonio también funciona como evasión. Eliza Hamilton representa la calma, la prueba de que ya está en un lugar seguro, pero Hamilton no sabe habitar eso. Lo más fuerte es que internamente descubre rechazo en Eliza porque ella está más alineada con los valores de Burr que con los de él. La fragilidad de Hamilton explota con su escándalo nivel Bill Clinton, aunque en realidad siempre fue frágil.

Por primera vez Hamilton reconoce el sabor de perder porque literalmente arruina lo único con lo que sí contaba, su esposa y eventualmente la vida de su hijo.

Es doloroso llegar al final y ver a ambos hombres tan destruidos por la ambición y sus propias dudas. Burr nunca vuelve a ser el mismo y Hamilton finalmente deja de buscar suficiencia. Es triste porque eran muchísimo más parecidos de lo que creían.

Hamilton corre, Burr espera, los dos están aterrados.

La obsesión mata la proactividad, literalmente mató a Hamilton. Destruye los sueños porque lo que realmente nos vuelve proactivos es la curiosidad genuina. A veces el burnout creativo no aparece porque dejamos de amar lo que hacemos, sino porque olvidamos descansar mientras lo hacíamos.

Me encuentro en calma y en paz, diría mi amiga Chanys; Entregada a los planes de Dios. Pero no desde la resignación. Lo hago porque la vida es un día a la vez y no voy a dejar que mi miedo a la incertidumbre destruya las próximas 24 horas.

Volví a ver Hamilton e incluso lloré. No solo porque sentí que ahí murió mi yo joven y sus ganas extremas por lograr algo, sino porque sin ella tampoco existiría la persona que soy hoy. Tal vez está bien crecer y entender que eventualmente dejamos de ser Hamilton para convertirnos un poco en Aaron Burr. Incluso estoy aprendiendo a escuchar a mi Eliza y respirar un poco.

Aplaudiré cuando logres aquello que tanto soñaste y lloraré contigo si el plan tuvo que cambiar de dirección. No es una carrera, es un maratón y en este hipódromo, apenas somos unos unicornios.

«Mañana seremos más,
contando la historia de esta noche».

-Hamilton y Miguelín (yo).

Tendencias