Ariadne Rodriguez

Imagen. Teen Vogue 2010
Durante décadas, la juventud fue el motor simbólico de la cultura popular, la adolescencia no solo representaba rebeldía y experimentación: era una estética, un mercado y un laboratorio social. Hoy, la cultura parece haber abandonado por completo a los jóvenes. No existen narrativas adolescentes dominantes, el contenido juvenil es mínimo o hiperestilizado, y la industria ya no los percibe como un sector significativo de consumo. La pregunta es inevitable: ¿y si la cultura, literalmente, ya no sabe imaginar la juventud?
El primer síntoma está en la representación. Las plataformas que durante años vivieron del teen content, Disney, Netflix, incluso YouTube, o la más reciente publicación cerrada de Teen Vogue, han reducido su enfoque hacia historias adultas, distópicas o hiperproductivas. La juventud aparece o como caricatura o como un adulto miniatura, sin espacio para la torpeza, la inocencia o el descubrimiento. La adolescencia, que antes era un territorio estético, se ha convertido en un periodo incómodo, poco rentable o demasiado políticamente complejo para narrar.
A nivel de consumo, el cambio es aún más claro. Las marcas ya no diseñan para jóvenes: diseñan para jóvenes que actúan como adultos. El auge del “quiet luxury”, la estética corporativa y el consumo aspiracional ha acaparado el espacio de los adolescentes, quienes, presionados por la economía y los algoritmos, reproducen códigos de madurez acelerada. Ya no son vistos como un segmento con identidad propia, sino como consumidores en tránsito hacia la adultez productiva. Un joven entre 13 a16 años ya no compra tenis como proceso de encontrar su propia personalidad sino lo hace a través de la idea de parecer más “alineado”.

Este fenómeno tiene un impacto cultural profundo. Cuando una sociedad deja de representar a sus jóvenes, también deja de escucharles. Y cuando deja de escucharles, los descontextualiza. Sin visibilidad en la cultura dominante, la juventud pierde la posibilidad de construir símbolos colectivos, de experimentar con sus identidades y de elaborar versiones alternativas del futuro. La ausencia de contenido juvenil no solo habla de un mercado que ya no los considera importantes: habla de una sociedad que ya no imagina la transición, el error, el inicio.
¿Por qué ocurre? Una combinación de factores: crisis económicas que empujan a la adultez temprana, algoritmos que premian lo aspiracional sobre lo experimental, marcas que solo apuestan por lo seguro y plataformas que temen el riesgo narrativo. Además, los jóvenes actuales viven hiperobservados; no tienen el anonimato cultural que permitía a generaciones pasadas ser caóticas, crear subculturas o equivocarse sin cámaras. Sin libertad, la creatividad juvenil se repliega hacia lo privado. La cultura ya no los imagina porque ellos ya no pueden imaginarse públicamente.
La consecuencia es un vacío generacional. Sin representación, sin espacio simbólico y sin relatos propios, la cultura juvenil se vuelve fragmentada, precaria e insegura. Una sociedad sin adolescentes visibles no solo pierde un mercado, pierde una imaginación. Y cuando la imaginación desaparece, lo que sigue es una cultura incapaz de crear futuros.




