En México estamos acostumbrados a algo que en muchas partes del mundo es cada vez menos común: la cercanía. Nos gusta conocer a quien nos sirve el café, platicar con el dueño de la tienda de la esquina y sentir que detrás de cada lugar hay personas reales. Sin embargo, conforme la gastronomía se ha sofisticado y los restaurantes han elevado sus propuestas, también se ha creado cierta distancia entre quienes cocinan y quienes se sientan a la mesa.

Escondido en el patio de una casa en Lomas de Chapultepec, Momiji Aquí no hay una barrera invisible entre la cocina y el comedor. Conforme avanza la comida, es probable que Cristina Hanhausen o Raymundo Pérez aparezcan junto a tu mesa para preguntarte qué te pareció un plato, explicarte algún ingrediente o simplemente platicar contigo.

Y eso cobra todavía más valor cuando entiendes quiénes son.

Cristina Hanhausen fue reconocida como una de las finalistas latinoamericanas de la San Pellegrino Young Chef Academy y ha trabajado en cocinas tan relevantes como Osteria Francescana, el icónico restaurante de Massimo Bottura. Raymundo Pérez, por su parte, fue seleccionado entre los mejores chefs jóvenes de Latinoamérica dentro del mismo certamen y formó parte de Les Créations de Narisawa en Tokio, uno de los restaurantes más influyentes de Japón.

Lo interesante es que ninguno de esos reconocimientos se siente como el centro de la conversación. Están presentes en cada plato, claro, pero no desde la pretensión. Más bien aparecen en forma de técnica, ejecución y una capacidad poco común para combinar referencias que vienen de Japón, Italia, Panamá y México sin que nada se sienta forzado.

La experiencia en Momiji tiene algo muy difícil de encontrar: una cocina que podría presumir mucho más de lo que presume. Mientras llegan a la mesa unos ravioles de shiitake, unas gyozas con mantequilla de yuzu o un ramen cocinado durante más de 18 horas, la sensación sigue siendo la misma que cuando llegaste: la de estar comiendo en la casa de alguien que realmente disfruta recibir gente.

Quizá por eso es uno de esos lugares que terminas recomendando solo a ciertas personas. No porque sea un secreto, sino porque todavía conserva algo que muchos restaurantes han perdido en el camino: la capacidad de hacerte sentir bienvenido.

Tendencias