Menos aún desde una obra que permanecerá en el espacio público cuando el espectáculo haya terminado. Con «La magia del juego«, la escultura monumental que recibe a los visitantes del Estadio Monterrey durante la Copa Mundial de la FIFA 2026™, el maestro Amador Montes suma un nuevo capítulo a una trayectoria construida desde la sensibilidad, el símbolo y la imaginación.

La pieza, realizada en bronce mediante la técnica de cera perdida, mide diez metros de altura y representa tres aves en equilibrio. La imagen alude a México, Estados Unidos y Canadá, los tres países anfitriones del torneo. Sin embargo, como suele ocurrir en la obra de Montes, la lectura va más allá de lo literal.

Desde hace más de dos décadas, el artista oaxaqueño ha desarrollado un lenguaje visual reconocible por la presencia constante de aves, flores, figuras suspendidas y atmósferas que parecen habitar entre el sueño y la memoria. Su trabajo no busca explicar el mundo; lo sugiere. Construye imágenes abiertas que invitan al espectador a completar la historia desde sus propias emociones.

Esa capacidad para transformar símbolos universales en experiencias íntimas es quizá una de las razones por las que su obra ha encontrado eco tanto en coleccionistas como en instituciones dentro y fuera de México. Montes pertenece a una generación de artistas que ha logrado mantener una voz propia sin desprenderse de las referencias culturales que atraviesan su origen.

En «La magia del juego», las aves vuelven a aparecer como protagonistas, pero esta vez adquieren una dimensión inédita. Ya no habitan únicamente el espacio pictórico; ocupan el paisaje urbano de una de las ciudades más importantes del país y se convierten en una imagen asociada a uno de los eventos deportivos más vistos del planeta.

El gesto resulta significativo porque desplaza la conversación del terreno deportivo hacia uno más amplio: el de la convivencia. Las tres figuras no compiten ni se enfrentan. Se sostienen. Encuentran estabilidad en el equilibrio mutuo. En tiempos marcados por la polarización y las fronteras, la obra propone una idea sencilla pero poderosa: la posibilidad de construir algo en común.

Más que ilustrar un campeonato, Montes parece interesado en capturar aquello que ocurre alrededor de él. La expectativa, el encuentro, la emoción compartida y la sensación de pertenecer, aunque sea por unos días, a una misma historia.

Cuando la Copa Mundial de la FIFA 2026™ concluya y los reflectores se trasladen a otro lugar, la escultura permanecerá en Monterrey. Será entonces cuando la obra encuentre quizá su significado más profundo: dejar de ser un símbolo de un evento para convertirse en parte de la memoria colectiva de una ciudad.

Amador Montes a lo largo de su carrera nos deja claro que las imágenes más duraderas no son necesariamente las más estridentes, sino aquellas capaces de permanecer en la imaginación mucho después de haber sido vistas.

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