Fotos y Texto: Irving Cabello
Orgullosos de su arraigo a la tierra oaxaqueña y al barro negro que vibra entre metales épicos, danzas coloridas y aplausos efusivos. Una celebración de sazón único, acompañada por bebidas de fuego y una generosidad que reparte la abundancia de la tierra entre todos.
Compartir el trabajo, los alimentos, los bienes y la ayuda dentro de la comunidad es una máxima de la Guelaguetza. Esa idea de entrega colectiva da sentido a los Lunes del Cerro, donde delegaciones de las ocho regiones de Oaxaca presentan sus bailes, música, ceremonias, vestimentas y formas de celebrar. La edición de 2026 reúne expresiones de los 16 pueblos originarios y del pueblo afromexicano.

Su historia en distintas épocas. Los relatos sobre su origen remiten a ceremonias prehispánicas dedicadas a Centéotl, deidad vinculada con el maíz y las cosechas, en el antiguo Cerro de la Bella Vista. Durante la Colonia, la celebración se relaciona con las fiestas de la Virgen del Carmen y con la tradición de repetir la verbena ocho días después, origen de la Octava del Lunes del Cerro. Su forma escénica contemporánea comenzó a consolidarse con el Homenaje Racial de 1932 y con la reunión estatal de comunidades durante las décadas siguientes.









Cada región llega con un lenguaje propio. Desde Papaloapan, las mujeres de Tuxtepec bailan Flor de Piña, cargando el fruto sobre el hombro entre huipiles de colores intensos. La Mixteca aparece con el Jarabe Mixteco, precedido por la Canción Mixteca de José López Alavés y acompañado por el movimiento colectivo de cientos de sombreros. En la Costa, las chilenas, los sones y la tradición afromexicana atraviesan la Danza de los Diablos, impulsada por la armónica, la quijada de burro y otros instrumentos de percusión.





En las gradas converge la élite política y social de la capital, familias llegadas desde los pueblos, danzantes, músicos, comerciantes y visitantes. Las diferencias de origen y posición permanecen visibles, el orgullo de pertenecer a Oaxaca atraviesa el auditorio completo. Una misma banda enlaza los bailables y convierte la diversidad regional en una sola corriente sonora. Entre metales, zapateados, flores, máscaras, trenzas y textiles, el color adquiere ritmo y la identidad se vuelve una presencia compartida.



