Decir que la pintura está muerta ya no provoca, sale un Pues sí… instantáneo. La discusión interesante es otra, ¿qué demonios significa pintar en 2026?, cuando una obra puede partir del lienzo, pero también cuestionarlo, intervenir el espacio, trabajar con materia, proceso, instalación o incluso poner en crisis la propia idea de imagen.
Esa conversación atraviesa la I Bienal de Pintura BICU, que llega a la Galería Principal del Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano (MMAC) en Cuernavaca con una selección de 40 obras realizadas por 37 artistas radicados en Morelos. La exposición, presentada por la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos, el MMAC y la Fundación Griselda Hurtado, plantea algo bastante más interesante que una vitrina para el talento local: un diagnóstico de hacia dónde está avanzando la pintura en el estado.


Y sí, aquí la palabra “local” importa. Durante años, hablar de arte contemporáneo en México parecía exigir pasar primero por las mismas ciudades, los mismos circuitos y los mismos nombres. Una bienal como BICU pone el foco en otra escena y, sobre todo, en la producción que ocurre fuera de ese centro de gravedad.

Una bienal que decidió abrir la conversación


La convocatoria originalmente contemplaba 30 obras. El jurado, integrado por Eréndira Esquivel, Roberto Turnbull y Luis Hampshire, decidió ampliar la selección a 40 después de revisar las propuestas. No fue un gesto administrativo: la decisión buscó incorporar una mayor diversidad de voces, aproximaciones y maneras de entender la pintura.

La exposición no intenta vender una definición única de lo que debe ser una pintura contemporánea. Al contrario, reúne trabajos que parten de lenguajes matéricos, procesuales, narrativos, conceptuales e instalativos. Hay artistas que dialogan con la tradición y otros que parecen bastante más interesados en ponerla contra la pared —literal y conceptualmente— para ver hasta dónde aguanta.
La selección incluye a Abi Camila Cruz Villa, Adriana Puente Chávez, Alejandra Chávez Raya, Alejandro Gómez Zaldívar, Alonso Galera, Aneleé Rossell Pérez Goycoechea, Arantxa López Patiño, Ariadna San Vicente Vázquez, Claudia Estévez Zepeda, Cristina Montaño Mendoza, Daniel Salgado, Daniela Romero Romero, Diego Antonio Ruíz, Edgar Fernando Pozos, Emmanuel Rafael Vargas Saldaña, Enrique Tapia Ortiz, Fanny Melisa Rodríguez González, Félix Eduardo Álvarez Lozano, Frida Palafox, Gabriela Andrade González, Grecia Flores Juárez, Isaac Balam García Pastrana, Itziar Giner Salinas, Jaime Colín Cruz, Yarumi Jaramillo, Jesús Castillo, Jorge Alberto Trujillo, José Roberto Menéndez Escobar, Manolo Garibay, Minerva Ayón, Pamela Zubillaga, Paul Cisneros Bello, Rosa Alina Flores Luengo, Sofia Sayde Domingo, Victoria Karmín, Luis Xulian Nava Santamaría y Yatsiry Nava Hernández.


A ellos se suman cuatro artistas invitados: Javier de la Garza, John Spencer, Magali Lara y Aurora Pellizzi, cuyas trayectorias funcionan como contrapunto y amplían el diálogo entre generaciones y aproximaciones a la práctica pictórica.
Pintar ya no significa necesariamente pintar
Uno de los aciertos de esta primera edición está precisamente en no tratar la pintura como una disciplina encerrada en sus propias reglas. Los criterios del jurado pusieron sobre la mesa la calidad técnica y la pertinencia conceptual, pero también algo mucho más relevante: la capacidad de las obras para tensionar y expandir los límites del medio.


Porque el lienzo dejó hace tiempo de ser una frontera infranqueable


La pintura contemporánea puede construirse desde la materia, desde el gesto, desde una investigación conceptual o desde procesos que incorporan otras formas de producción. Puede conservar referencias históricas y, al mismo tiempo, desmontarlas. Puede hablar de imagen sin confiar completamente en ella. Puede ocupar un espacio sin convertirse necesariamente en escultura.
Esa elasticidad es justamente lo que hace que una exposición como BICU resulte pertinente ahora. No se trata de decidir qué cuenta y qué no como pintura, sino de observar qué están haciendo los artistas con esa categoría cuando ya no tienen ninguna obligación de obedecerla al pie de la letra.


Morelos también está construyendo su propio mapa del arte contemporáneo
La I Bienal BICU tiene además una lectura que va más allá de las obras seleccionadas. Al reunir producción de artistas radicados en Morelos, la exposición contribuye a visibilizar una escena que existe, produce y desarrolla lenguajes propios, aunque no siempre tenga la misma exposición mediática que los circuitos de Ciudad de México.


Y quizá ahí está una de las conversaciones más necesarias de esta bienal.
No se trata de colocar a Morelos en competencia con otros territorios ni de construir artificialmente una “escena emergente”. Se trata de reconocer que la producción contemporánea mexicana sucede en múltiples geografías y que esas diferencias también forman parte de lo que hoy entendemos como arte contemporáneo.


La primera edición de BICU llega, entonces, con una pregunta bastante más incómoda que “¿quiénes son los nuevos pintores de Morelos?”. La verdadera pregunta es qué puede ser la pintura cuando dejamos de exigirle que se comporte como pintura. Y frente a 40 obras que exploran precisamente esa posibilidad, la respuesta no parece estar cerrada. Por suerte.
La I Bienal de Pintura BICU se presenta en la Galería Principal del Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano, en Cuernavaca, Morelos.

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