En el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano, el artista y performer convierte cafeteras, saleros, picnics y sobremesas en una reflexión sobre la memoria, la comunidad y nuestra relación cada vez más extraña con lo cotidiano.

La próxima vez que alguien te invite a tomar un café, quizá convenga aceptar. Y después de conocer la obra de Pancho López y leer esta entrevista deseamos que no te quede la cosquilla de comenzar a robar saleros.

Sentarte a tomar un café debes aceptarlo y no porque el café vaya a cambiar tu vida —aunque quién sabe—, sino porque sentarse frente a otra persona sin una pantalla de por medio empieza a convertirse en un pequeño acto de resistencia.

Para Pancho López, artista, performer y comunicador, tomar café puede ser exactamente eso: una acción aparentemente insignificante que, cuando se saca de su contexto habitual, empieza a decir muchísimo.

Su trabajo parte de lo cotidiano. De los objetos que usamos sin mirar, de las recetas que seguimos casi en automático, de la comida que compartimos, de las conversaciones que ocurren alrededor de una mesa. Del no comer solo, del comer en la calle, de comer con culpa y no busca convertir estos elementos en algo solemne. Al contrario: le interesa su capacidad para generar encuentros, situaciones inesperadas y, sobre todo, experiencias.

“Me gusta más el compartir, el convivir, el escuchar, el platicar”, cuenta durante una conversación con RREVISTA. Para Pancho, el performance no tiene por qué pasar necesariamente por desnudarse, romper cosas o llevar el cuerpo al límite. Su territorio puede ser mucho más sencillo: una mesa, una taza de café, una comida y alguien dispuesto a sentarse.

Y ahí empieza el problema —o la gracia— de su obra: lo cotidiano deja de ser cotidiano.

¿Quién es Pancho López?

Pancho López es un artista mexicano dedicado al performance desde hace casi tres décadas. Es egresado de Ciencias de la Comunicación por la UNAM, comenzó su acercamiento a las artes desde el periodismo y la comunicación para después desarrollar una trayectoria centrada en la vida cotidiana, los rituales y las formas en que las personas se relacionan con su entorno. Ha sido jefe del Departamento de Performance y Arte Actual del Museo Universitario del Chopo, coordinador de encuentros y festivales como Performagia, EJECT y Extra!, además de participar en exposiciones y festivales internacionales. Su obra ha explorado acciones tan aparentemente simples como comer, tomar café o desplazarse por la ciudad, convirtiéndolas en situaciones capaces de alterar nuestra percepción de lo cotidiano.

Y es indispensable mencionar lo cotidiano porque nos encaminó a ver su obra parados en 5 toneladas de Sal de Colima y con su colección de saleros robados. Algunos saleros los llama travesti, por ejemplo: uno tenía la finta de ser salero barato de esos de plástico de los puesto de taquitos de la noche pero con palillos por dentro, otro tenia queso parmesano podrido, y sí toda esa irreverencia es lo encantador de lo cotidiano de su arte.

La comida como performance y el performance como encuentro

La exposición que presenta en el MMAC Juan Soriano parte precisamente de esa relación con la alimentación. Pero hablar de comida en el trabajo de Pancho no significa hablar únicamente de gastronomía. La comida aparece como territorio, memoria, ritual, afecto, identidad y también como una estructura social que determina cómo nos relacionamos con los demás.

Durante la conferencia de prensa de la exposición, la investigadora y artista Maga Díaz planteó que el trabajo de López puede leerse desde lo que ha denominado el “giro alimentario” en las artes visuales: una serie de prácticas que han utilizado la alimentación para cuestionar nuestra relación con el territorio, el medio ambiente, el cuerpo y las estructuras económicas.

La comida, explicó, es simultáneamente individual y social. Comer es una experiencia corporal, pero también un acto cargado de códigos: dónde comemos, con quién, cuánto tiempo tenemos para hacerlo, qué podemos comprar y qué alimentos están realmente a nuestro alcance.

Y ahí el trabajo de López deja de ser simplemente simpático para ponerse bastante más político.

Seamos honestos, sentarse a comer en un mundo donde tenemos media hora para hacerlo ya es una decisión. Comprar ingredientes frescos requiere tiempo. Cocinar requiere tiempo. Ir a un mercado requiere tiempo. Compartir una comida requiere tiempo. Y el capitalismo, precisamente, no parece particularmente interesado en que tengamos demasiado.

La comida termina entonces atravesada por una serie de decisiones que no siempre son tan individuales como nos gusta pensar.

Del Oxxo a la mesa: el estómago también es político

Durante la conferencia, Díaz habló de la idea de un “estómago social”: aquello que comemos está determinado en buena medida por lo que podemos conseguir, pagar y preparar de acuerdo con nuestras condiciones de vida.

Si tienes quince minutos para comer, probablemente no vas a recorrer la ciudad buscando ingredientes locales para preparar una comida desde cero. Vas a resolver. Y esa palabra —resolver— dice bastante de nuestra relación contemporánea con la alimentación.

La artista puso sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto seguimos pensando que alimentarnos bien es únicamente una responsabilidad individual cuando las condiciones económicas, laborales y urbanas determinan buena parte de nuestras decisiones?

Pancho López no responde necesariamente estas preguntas desde un discurso académico. Lo hace desde algo mucho más efectivo: pone la comida frente a nosotros y nos obliga a mirarla otra vez.

Un picnic en el espacio público, por ejemplo, puede parecer una escena completamente inocente hasta que sucede en un lugar diseñado para el tránsito, la protesta o la velocidad. De pronto, comer deja de ser una acción invisible.

Eso ya había ocurrido en sus performances de décadas anteriores.

Cuando un picnic se convierte en espectáculo

López comenzó a desarrollar algunos de sus performances desde finales de los años noventa, cuando las cámaras digitales apenas comenzaban a popularizarse y el internet todavía no tenía la velocidad ni la lógica de exhibición permanente que conocemos hoy.

Uno de sus recursos fue precisamente sacar el acto de comer de su contexto habitual.

En uno de sus performances, instaló un picnic en el Zócalo de la Ciudad de México. Lo que parecía una acción sencilla terminó generando una situación mucho más compleja, una persona en situación de calle terminó sentándose en su mesa y comiéndose la comida que formaba parte de la pieza.

La reacción del equipo que estaba grabando fue intentar retirarlo. López decidió dejarlo.

Y ahí estaba el performance.

No en la acción que él había planeado, sino en aquello que sucedió cuando la realidad decidió intervenir.

En otra ocasión, durante un picnic afuera del metro de Nueva York, la policía se acercó para pedirle que apagara una vela. La comida no era el problema. La vela sí. López obedeció y continuó comiendo.

La anécdota parece absurda hasta que se entiende lo que está señalando: cada espacio tiene reglas que damos por sentadas hasta que alguien hace algo ligeramente distinto.

Comer en una mesa es normal. Comer en una mesa en medio de un espacio público puede convertirse en espectáculo.

“Si lo hiciera ahora, estaría pensando en Instagram”

Quizá una de las reflexiones más interesantes de la conversación con López tiene que ver precisamente con el presente digital.

Sus primeros performances quedaron registrados en fotografías tomadas por amigos y en algunas reseñas de prensa. No había una estrategia de contenido detrás. No había que pensar si el video sería vertical, qué duración tendría, cuál sería el thumbnail o si funcionaría para Instagram.

Había una acción. Un momento contenido capturado con luz y con una emoción no solo por la premura del momento.

Hoy, dice, probablemente estaría pensando también en el medio.

“Si ahorita lo hiciera, pues ya estaría pensando más en el medio”, explica. Si fuera video, pensaría en el formato; si fuera para Instagram, en el vertical; si fuera para otra plataforma, en sus propias reglas.

La velocidad de las redes también cambia la manera en que una obra puede ser interpretada. Una imagen puede circular sin contexto, convertirse en meme o quedar atrapada en una discusión que poco tiene que ver con la intención original del artista.

Por eso López parece particularmente interesado en recuperar algo que internet nos está quitando a una velocidad bastante preocupante, el tiempo para experimentar una situación antes de explicarla.

El café como antídoto contra la productividad

En el MMAC, esa idea aparece de una manera particularmente sencilla: López invita a desconocidos a tomar café con él.

La acción se convirtió en una especie de cita a ciegas dentro del museo. Personas de distintas edades se sentaron frente al artista, tomaron café y conversaron.

No había que saber de arte. No había que llegar con una opinión preparada. Ni siquiera había que ser consumidor habitual de café.

Algunas personas llegaron solas. Otras se inscribieron sin conocer exactamente qué iba a pasar. Y las conversaciones produjeron algo que ninguna cédula de museo puede garantizar: una relación.

Una de ellas terminó incluso en llanto. Otra persona llevó consigo una hoja intervenida por su hijo y posteriormente regresó con ella para compartirla con Pancho López.

El artista no documentó esas conversaciones.

Y eso es importante.

En una época en la que parece que si algo no se fotografía, graba, publica y archiva inmediatamente entonces no ocurrió, López decidió dejar que esas historias simplemente pasaran por él.

Después, encontró otra forma de conservarlas: el café utilizado durante las conversaciones será tostado y convertido en una pieza que reunirá simbólicamente esas historias.

No conserva las conversaciones. Conserva lo que quedó de ellas.

El performance también puede ser divertido

Hay una idea que atraviesa toda la conversación con López y que quizá sea la que mejor explica su trabajo: no quiere sufrir por hacer arte.

“Algo que me interesa hacer en el performance es divertirme”, dice. Y tiene sentido.

En un campo que históricamente ha asociado la performance con el dolor, el cuerpo llevado al límite, la confrontación o la incomodidad, López apuesta por otra posibilidad: la hospitalidad.

Sentarse. Servir. Compartir. Escuchar. Comer.

Eso no significa que su trabajo deje de ser político. Quizá ocurre exactamente lo contrario. Hay algo bastante radical en reivindicar una conversación cuando todo alrededor está diseñado para acelerar la siguiente tarea.

Y hay algo todavía más político en hacer del café una pausa cuando incluso el café se ha convertido en combustible para producir más.

Durante la conferencia, se señaló justamente esa contradicción: el café puede ser un ritual de encuentro, pero también se ha convertido en una herramienta de productividad. La taza que antes reunía a las personas alrededor de una mesa ahora también aparece en oficinas como parte del combustible necesario para seguir trabajando.

López devuelve el café a otro lugar.

Al encuentro.

Salir del estereotipo del performer

Pancho López tampoco parece interesado en quedarse atrapado en la imagen tradicional del performer. De hecho, quiere llevar su trabajo hacia otros territorios.

Le interesa el video, lo digital, lo virtual y hasta lo holográfico. Imagina una escena en la que varios “Panchos” puedan aparecer tomando café simultáneamente en distintas pantallas, pasando una taza de una imagen a otra.

La idea puede sonar absurda. Y justamente por eso funciona.

Es la continuación lógica de un artista que lleva décadas preguntándose qué pasa cuando una acción ordinaria cambia de contexto.

Antes fue comer en el Zócalo. Ahora puede ser compartir un café entre pantallas.

Lo importante sigue siendo lo mismo: generar un acto comunicativo.

La sobremesa como una forma de resistencia

Hay algo particularmente contemporáneo en el trabajo de Pancho López precisamente porque no intenta parecerlo.

No necesita una gran tecnología para hablar de tecnología. No necesita una instalación monumental para hablar del tiempo. No necesita convertir la comida en una pieza inaccesible para hablar de política.

Le basta una taza, una mesa, un picnic, un salero.

¡Ah! Y alguien que quiera sentarse.

En una época obsesionada con documentarlo todo, López todavía cree en las cosas que suceden y después se van. En las conversaciones que no necesitan convertirse en contenido. En el café que no tiene que servir para trabajar. En la comida que puede ser simplemente comida antes de convertirse en una fotografía.

Hay cosas que no tienen que servir para producir, vender, comunicar o generar contenido. A veces basta con que nos recuerden que todavía sabemos estar juntos.

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