Imagen: Pinterest

Estas tendencias se caracterizan por recurrir a la fantasía, cubrir todo de brillos y exagerar al máximo los detalles.

Somos conscientes de que la moda es cíclica, también que a toda acción corresponde una reacción, y después del reinado del clean look, old money y quiet luxury, se esperaba una respuesta estridente en las tendencias. Así, el revival del Y2K nos ha traído accesorios cubiertos de brillo.

En redes sociales se ha logrado ver dos vertientes: personas que repiten el discurso de que estas tendencias son una forma de infantilizar a las mujeres, propiciar que respondan a impulsos y reducir su pensamiento crítico con la finalidad de someterlas al sistema capitalista, político y social-cultural, al promover que se consuma esta estética en diversos tipos de accesorios; por otro lado, están quienes abogan por que estas tendencias son una reconciliación de las mujeres con lo que fue una negación y limitación en la adolescencia de lo que se entiende convencionalmente como femenino.

Mi cuestionamiento, mismo del que parte esta reflexión, no consiste en negar la autenticidad de ese deseo de reconciliación, sino preguntarnos si es en primera instancia cierto, genuino y elaborado individualmente o si es una dinámica que se limita a reproducir códigos estéticos de redes sociales, porque también es cierto que este cuestionamiento no aplica apara todas las mujeres y que no todas se sienten de la misma manera sobre los elementos y objetos que son señalados como femeninos; algunas los vivieron en su máxima expresión, otras los rechazaron, o simplemente nunca se sintieron identificadas con ello, esta reflexión abarca a quienes dentro de su ser quisieron hacerlo y probablemente hubo esbozos de ello, más no lo hicieron abiertamente.

Baudrillard (2009), dice que los objetos que se consumen tienen además de valor un significado: “la felicidad está inscrita […] en la publicidad de unas vacaciones en las Canarias o en unas sales de baño […] es la referencia absoluta de la sociedad de consumo.” Es decir, la felicidad se vincula al consumo y la adquisición, en este caso de brillos, flores y capas, para poder reconciliarnos con aquello que negamos. Pero ¿por qué brillos y no furbys, barbies o polly pocket?

Y la respuesta es por las redes sociales, principalmente Instagram. En agosto de 2026 la popular Kylie Jenner festejó su cumpleaños 29 con pastel, vasos, decoración y cosméticos cubiertos de brillos. Debemos recordar el poder de la influencer, que en 2018 publicó en Twitter que Snapchat estaba muerto y al día siguiente, como coincidencia o resultado de su publicación las acciones de la red social cayeron, estimando una pérdida de 1.300 millones de dólares. Además de que artistas como Tate Mcrae o Hailey Bieber estuvieron presentando un sinfín de accesorios y objetos personalizados con brillos.

Esto quiere decir que la reconciliación a la que se hace alusión, toma la estética del revival Y2K que explotó por la exposicion de las artistas en redes sociales, y no es una decisión arbitraria, por ello, los objetos que son parte de la estética se encuentran relacionando el significado de los objetos a la nostalgia del 2000, objetos de una generación económicamente activa en la actualidad: celulares con brillos, tracksuits con pedrería o aquellas blusas marca bebé o von dutch reconocibles por sus logos brillantes; nuestros juegos de la infancia con miles de brillos, stickers y accesorios para el cabello llenos de glitter, colores metálicos y estridentes, o la ropa de nuestras barbies con un sinfín de formas, texturas y colores.

Así, se está apostando por esa nostalgia aplicada en una nueva forma de creatividad y expresión en objetos de uso cotidiano, porque ya no jugamos con sets de belleza de fantasía.

Según Simmel, adoptamos formas reconocibles que nos permiten participar en un grupo y a la vez buscamos distinguirnos de los demás mediante esas mismas formas, así, la adopción de una estética responde a una decisión y repetición de modelos socialmente legitimados.

Es decir, si estamos buscando una reconciliación con nuestra adolescencia, esta puede producirse en el plano individual, pero expresarse mediante una estética que ya circula y que otras personas también reproducen.

Entonces, nos queda preguntar: ¿en qué medida esta tendencia expresa una reconciliación individual con la feminidad y en qué medida esa reconciliación adquiere su forma a través de un lenguaje estético que ya circula socialmente y que delimita aquello que reconocemos como femenino?

Naomi Klein (2000), propone que las marcas dejan de centrarse en vender productos y pasan a vender ideas, estilos de vida e identidades y explica que una marca se convierte en una representación emocional y cultural y no solo en lo que vende, así, el mercado puede apropiarse de ese deseo, darle una forma comercial y ofrecer productos con los que expresarlo.

En este sentido, los brillos y los accesorios dejan de ser únicamente objetos que satisfacen una necesidad o un deseo y se convierten en medios para representar una identidad mágica, creativa y femenina.

Aquello que dejamos de lado y que retomamos en la vida adulta puede materializarse en objetos, productos y accesorios que nos permiten reconectar con una fantasía de infancia o evocar recuerdos asociados con la nostalgia, la felicidad y la tranquilidad. No obstante, esa posibilidad de reconexión también puede vincularse con la satisfacción inmediata que ofrece adquirir o incorporar nuevos objetos.

En este punto, considero que ambas dimensiones pueden coexistir: puede haber una reconciliación con la feminidad para quienes la negaron en algún momento y, al mismo tiempo, una construcción estética que responda a las tendencias consumistas y que el sistema aproveche para generar nuevas necesidades de consumo.

Aquí es donde la caverna de Platón permite plantear otra pregunta: ¿hasta qué punto reconocemos espontáneamente como propio aquello que hemos aprendido a identificar como deseable mediante su exposición constante?, pues puede que estemos intentando reconciliarnos con nosotras mismas, pero ¿lo hacemos a partir de nuestras propias necesidades o mediante aquello que se nos presenta como la forma correcta de reconciliarnos con lo femenino? ¿Por qué esta reconciliación parece expresarse, en esta tendencia, a través de los brillos, la fantasía y lo mágico, y no mediante otras estéticas, como la emo, lo punk, skater o los cómics y videojuegos?

Estas expresiones no han desaparecido, pero determinados códigos estéticos adquieren mayor visibilidad y se convierten en oportunidades comerciales por su accesibilidad a través de las redes sociales, que contribuyen a amplificar ciertas estéticas y a convertir sus elementos en productos.

El problema, entonces, no es negar la posibilidad de una reconciliación genuina, sino cuestionar las condiciones en las que esta se expresa. Cuando una experiencia personal se articula mediante una estética que circula popularmente y que puede convertirse en mercancía, existe el riesgo de que terminemos consumiendo sus signos sin detenernos a reflexionar sobre su significado.

Si esta tendencia representa una reconciliación, vale la pena preguntarnos cuánto responde a nuestras necesidades individuales y cuánto a la reproducción de aquello que se nos ha enseñado a reconocer como femenino.

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