Hay platos que uno pide porque se le antojan y otros que uno pide porque sabe perfectamente cómo se van a ver cuando lleguen a la mesa. Hoy abrir un menú también implica imaginar una foto: pensar en la vajilla, en la luz, en el color del plato y en cómo se va a ver en stories antes del primer bocado. Y aunque ya lo normalizamos, muchas decisiones alrededor de la comida están atravesadas por eso.

Hay restaurantes donde incluso existe “el plato”. El que sale en todos los videos, el que aparece repetido en redes, el que inevitablemente termina en la mesa de casi todos aunque no necesariamente sea lo más rico del menú. La experiencia empieza mucho antes de probarlo y, muchas veces, la imagen pesa más que el antojo. Terminamos pidiendo cosas porque funcionan visualmente, porque se ven bien en cámara o porque ya vimos suficientes veces que convencieron al algoritmo.

Eso también ha cambiado la manera en la que los restaurantes construyen sus platos. Hay comida diseñada para impactar apenas llega a la mesa: más altura, más brillo, más montaje, más elementos pensados para llamar la atención durante los primeros segundos o simplemente ser lo más «exagerados» posibles. Y sí, parte de salir a comer hoy también tiene que ver con lo visual, con disfrutar espacios y platos bien pensados, pero hay una diferencia entre apreciar la estética y depender de ella para decidir qué vale la pena pedir.

Tal vez por eso algunos de los mejores platos siguen siendo los menos fotogénicos. Los que no necesitan humo, flores o una producción enorme para quedarse contigo. Los que simplemente saben bien. Porque al final, pedir algo únicamente porque se te antojó empieza a sentirse casi raro, cuando en realidad debería seguir siendo lo más normal del mundo.

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