Entre México y Argentina, entre la fe y la duda, entre la feminidad que heredamos y la que elegimos construir, Anabella Bergero encontró en La Virgencita una manera de volver a mirar su propia historia. La artista y diseñadora convierte el collage, la moda, el color y la imagen de la Virgen de Guadalupe en un territorio donde caben la migración, la memoria familiar, los quince años, el cuerpo femenino y una pregunta que todavía permanece abierta: ¿qué significa ser mujer en la Latinoamérica contemporánea?

La primera pregunta sigue abierta.

No porque Anabella Bergero no haya buscado una respuesta, sino porque después de años de investigación entre México, Argentina y Estados Unidos entendió que quizá no existe una sola. ¿Qué significa ser mujer en la Latinoamérica contemporánea? La Virgencita nació, en buena medida, de esa pregunta.

La obra no intenta resolverla. La despliega.

Moda, fe, cultura visual, color, rituales femeninos, memoria familiar y migración aparecen reunidos en una pieza que ha ido cambiando de forma: primero como parte de una investigación visual, después en murales, videoarte y salas de exhibición y, ahora, como un objeto que puede acompañar el cuerpo en la vida cotidiana.

Pero para entender La Virgencita hay que volver mucho antes.

A una niña argentina que creció también en México. A una familia marcada por la inmigración italiana del Piamonte. A una abuela que hablaba dialecto piamontés. A una madre vinculada con la naturaleza, el deporte y la educación. A una adolescente que celebró sus quince años en Argentina con objetos comprados en La Lagunilla, en México.

Su identidad nunca se construyó desde un solo lugar.

“Durante muchos años viví en ese lugar entre mundos, y con el tiempo el extranjerismo se volvió casi familiar”, cuenta.

La migración, entonces, no aparece en su obra como una anécdota biográfica, sino como una forma de mirar. México y Argentina dejaron de funcionar como dos identidades separadas y comenzaron a mezclarse hasta convertirse en algo propio.

La Virgencita también viene de ahí.

De una experiencia híbrida que comenzó con una celebración profundamente femenina: los quince años. El vestido, las coronas, los accesorios y las decoraciones viajaron de México a Argentina y terminaron construyendo una ceremonia que, sin saberlo todavía, contenía buena parte de las preguntas que años después aparecerían en su obra.

Porque crecer también significa heredar.

Se heredan tradiciones, recetas, gestos, creencias, formas de relacionarse. Pero también silencios, culpas, miedos y maneras de entender el cuerpo y la feminidad.

Anabella aprendió a mirar esas herencias de otra manera.

“Con los años aprendí que heredar no significa estar condenado a repetir”, explica. Para ella, crear se convirtió en una forma de mirar esas historias con amor y compasión y, desde ahí, encontrar la posibilidad de reescribirlas.

REESCRIBIR A LA VIRGEN

Tal vez por eso la Virgen de Guadalupe terminó ocupando el centro.

En su infancia, la relación con la fe estuvo marcada por el miedo. Recuerda incluso haber tenido miedo de que “se le apareciera la Virgen” porque su abuela le había dicho que podía suceder.

Años después, la misma imagen comenzó a significar algo completamente diferente.

Color, flores, alegría, feminidad y cercanía reemplazaron poco a poco aquella relación atravesada por la culpa y el castigo.

La Virgen dejó de ser una figura distante para convertirse en una presencia que abraza.

“Casi que una maternidad latente latinoamericana que nos abraza a todos”, dice.

Y ahí está una de las operaciones más interesantes de La Virgencita: no destruir el símbolo heredado, sino transformarlo.

Cuestionar la cultura transmitida desde el miedo sin renunciar a la potencia espiritual, femenina y comunitaria que ese símbolo puede contener.

La Virgen aparece, literalmente, en el centro de sus composiciones.

Después de trabajar con más de 60 metros de murales y reunir cientos de fragmentos visuales, Bergero comenzó a notar que aquella figura siempre terminaba ocupando el mismo lugar. A su alrededor aparecían Argentina, México, la migración, la familia, la moda, la feminidad, la cultura popular, la fe.

Fragmentos que alrededor de ella encontraban una especie de orden.

“La colocaría justamente en el centro, como un puente”, explica.

EL CUERPO COMO LUGAR DE MEMORIA

Antes de ser artista y diseñadora, Bergero estudiaba Arquitectura en la Ibero. Una mudanza a Buenos Aires terminó llevándola hacia la moda.

La razón era sencilla y, al mismo tiempo, reveladora: quería crear cosas que estuvieran más cerca del cuerpo. Cosas que pudieran ser habitadas.

Con el tiempo, arquitectura, espacio y moda terminaron encontrándose.

Esa misma idea atraviesa La Virgencita. Porque una obra sobre memoria cambia cuando deja de estar frente a nosotros y empieza a acompañarnos sobre el cuerpo.

Primero fueron vestidos. Después murales y videoarte. Ahora, un pañuelo de seda.

La pieza deja de ser únicamente de la artista cuando alguien la lleva consigo.

“Una vez que soltamos una obra, deja de pertenecernos por completo”, dice.

La memoria entonces deja de ser únicamente la de Anabella. Puede convertirse en la de quien la recibe.

Ahí está una de las claves de su trabajo, no construir una identidad cerrada, sino abrir un espacio para que otras personas entren en ella con sus propias historias.

Eso ya había sucedido con Heart of Community, instalación de la que surgió La Virgencita. A través de talleres, conversaciones y encuentros, las historias de otras personas comenzaron a modificar la obra.

Una experiencia particularmente reveladora ocurrió frente a uno de sus murales.

Alrededor de la Virgen había colocado fotografías de carteles de una pollería que simplemente decían “pierna” y “muslo”, acompañados por sus precios. Para Bergero eran parte de su archivo de cultura visual popular: colores, tipografías, mercados, escenas cotidianas.

Hasta que una amiga vio otra cosa.

Le señaló lo que significaba tener “pierna” y “muslo”, literalmente puestos a precio, alrededor de una figura femenina como la Virgen.

La lectura cambió todo.

De pronto, aquellos fragmentos cotidianos podían hablar también de la manera en que históricamente el cuerpo de las mujeres ha sido dividido, observado, sexualizado y convertido en objeto.

Piernas. Muslos. Pechos. Cintura.

Partes separadas de una totalidad.

La Virgen, en cambio, permanecía completa.

No como objeto, sino como presencia, madre y centro.

Bergero no había construido conscientemente el mural desde esa interpretación. Pero la lectura estaba ahí.

Y eso le confirmó algo que se ha vuelto fundamental en su práctica: una obra continúa escribiéndose cuando deja las manos de quien la creó.

¿QUÉ SIGNIFICA SER MUJER?

La pregunta sobre la feminidad atraviesa todo el proyecto.

Y también atraviesa la propia historia de Anabella.

Durante un momento de su vida llegó a estar rapada durante tres años. Su estética se movió por diferentes extremos mientras intentaba escapar de las ideas tradicionales sobre lo femenino.

Pero con el tiempo descubrió que tampoco quería construir su identidad únicamente desde la oposición.

“Creo que la feminidad no puede construirse únicamente desde la reacción”, dice.

Ni para satisfacer una mirada externa ni para combatirla permanentemente.

En su lugar apareció otra búsqueda: la integración.

Una idea de feminidad que no depende exclusivamente de cómo una mujer se ve, de cómo es percibida o de cuánto se ajusta a una categoría política o estética.

Para Bergero, la belleza comienza a existir cuando hay armonía entre lo que somos por dentro y aquello que expresamos hacia afuera.

La belleza como integridad. La feminidad como algo que no necesita ser reducido a un molde.

Y La Virgencita aparece precisamente en ese espacio contradictorio.

En Argentina, Bergero percibía una feminidad disputada entre la hipersexualización y una reacción profundamente politizada. En México encontró otro contraste: una violencia profunda hacia las mujeres conviviendo con la veneración de una figura femenina, materna y tradicional como la Virgen de Guadalupe.

Dos realidades que podrían parecer opuestas. Pero ella ya no busca elegir entre una y otra.

Busca algo que esté más allá.

Una feminidad que pueda ser auténtica sin tener que vivir permanentemente reaccionando frente a los demás.

MÉXICO COMO FORMA DE MIRAR

Hay algo que permanece en su trabajo incluso cuando está lejos de México: el color. La artesanía. Las flores. La arquitectura. La naturaleza. La capacidad de convertir lo cotidiano en ritual.

Pero también una forma particular de resolver.

México, dice, le enseñó que la creatividad no necesariamente nace del control absoluto, sino de saber responder con imaginación a lo inesperado.

Esa mezcla de lo sagrado y lo popular, lo sofisticado y lo artesanal, la celebración y la melancolía, terminó convirtiéndose en parte de su lenguaje.

México no es solamente un tema en su obra. Es una manera de construirla.

Y quizá por eso Bergero no está interesada en explicar Latinoamérica hacia afuera.

Durante un tiempo sí lo hizo. Necesitaba entender sus propios fragmentos y encontrarles un lugar.

Pero algo cambió.

Hoy ya no siente la misma necesidad de definirse constantemente desde una identidad continental.

Latinoamérica sigue ahí: en sus colores, sus símbolos, sus recuerdos, su sensibilidad.

Pero ahora la pregunta es otra.

¿Qué queda cuando dejamos de lado las categorías culturales y geográficas?

¿Qué nos hace pertenecer unos a otros más allá de ellas?

La respuesta todavía está en proceso. “Work in progress”, dice.

Y es ahí donde La Virgencita encuentra su mayor fuerza.

No como una conclusión, sino como una pregunta que sigue transformándose.

VOLVER A LA NIÑA

Si pudiera mostrarle La Virgencita a la niña que creció entre Argentina y México, Anabella cree que reconocería inmediatamente algo que siempre estuvo ahí: la vitalidad.

La expresividad.

El color.

Una energía que las experiencias de la vida pueden hacer olvidar.

La obra se convirtió, para ella, en un regalo para esa niña.

Una forma de decirle que aquella intensidad no era algo que debía abandonar para crecer.

Que podía integrarla.

Que podía seguir siendo curiosa, ingenua, tierna.

Que podía mirar el mundo con asombro incluso a los 35 años.

Y tal vez esa sea la verdadera historia detrás de La Virgencita.

No solamente la de una artista que investigó la identidad latinoamericana.

Sino la de una mujer que volvió sobre sus propias herencias —la fe, la familia, la migración, la feminidad, la cultura— para decidir qué conservar, qué cuestionar y qué transformar.

Al final de la conversación, la respuesta más personal no tiene que ver con una exposición ni con una próxima obra.

Tiene que ver con la familia.

Con sus padres, sus hermanas y sus sobrinos.

Con el deseo de formar un núcleo donde existan cuidado, salud, amor y armonía.

“Mi sueño más personal es muy sencillo: formar familia, amar profundamente, cuidar con ternura y generar espacios donde las personas puedan florecer.”

Después de todo, quizá la búsqueda de Anabella nunca fue solamente encontrar su lugar entre México y Argentina.

Quizá era encontrar un lugar donde todas sus partes pudieran existir juntas.

Y eso es exactamente lo que hace La Virgencita: tomar fragmentos —de una mujer, de una familia, de dos países, de una cultura, de una memoria— y volver a ponerlos en el centro hasta que dejan de sentirse fragmentos.

Hasta que, finalmente, forman una misma historia.

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