Salir a comer en la Ciudad de México ya no es un plan espontáneo. Es una tarea que, sin exagerar, puede tomar más tiempo del que uno pensaría. Antes bastaba con tener hambre, tiempo y ganas; hoy abrir Instagram es casi el primer paso obligado, seguido de guardar opciones, revisar quién fue, qué pidió, en qué mesa se sentó, qué luz había y si el lugar sigue vigente esta semana.
Hay nuevas aperturas todo el tiempo, menús que cambian, barras que se reinventan y listas que prometen ser definitivas aunque duren lo que dura el algoritmo. En medio de esa constante renovación, elegir dónde comer se volvió un proceso mental que muchas veces desgasta más de lo que emociona. La decisión ya no es a la ligera; se siente cargada de información, de referencias, de opiniones (que no pedimos) pero que terminan influyendo.


Te sientas a decidir y, sin darte cuenta, ya estás evaluando todo desde un lugar que no necesariamente tiene que ver contigo. Si vale la pena el hype, si está sobreexpuesto, si ya pasó su momento o si todavía entra en la categoría de lo que vale la pena intentar. En ese recorrido mental, todo el ritual se vuelve una especie de presión silenciosa por elegir bien.
También pasa algo más profundo. Dejamos de preguntarnos qué se nos antoja. La decisión deja de venir del cuerpo y empieza a venir del feed. Terminamos comiendo lo que vimos, lo que alguien recomendó, lo que salió bien en foto o lo que aparece repetido hasta convencernos de que es la opción correcta. Un ruido constante que no siempre sabemos cómo filtrar. Tanto, que se nos olvida que salir a comer no tendría que sentirse como una investigación de campo.

Regresar a lo básico, con ese contexto, se siente como una decisión consciente. Elegir un lugar sin haber revisado veinte reseñas, volver a un sitio que ya conoces y te gusta, pedir lo mismo de siempre sin sentir que te estás perdiendo de algo. Confiar en el antojo, en el momento y en el humor del día se vuelve un ejercicio que no siempre es automático.
Porque al final, lo que consumimos también habla de cómo estamos viviendo. Y cuando todas las decisiones pasan por el mismo filtro saturado de estímulos, es fácil perder de vista lo más básico: el gusto, el disfrute, la intención. Tal vez no se trata de dejar de buscar ni de ignorar lo que está pasando allá afuera, sino de bajar el volumen lo suficiente para poder escucharnos otra vez.


Recordar que salir a comer también puede ser simple no es una idea ingenua. Es, más bien, una forma de recuperar algo que se ha ido diluyendo entre tanta opción.



