Todos hemos llegado a un restaurante convencidos de lo que vamos a pedir. Incluso antes de sentarnos ya imaginamos el plato, la bebida y hasta el postre. Pero basta con abrir el menú, escuchar lo que ordenó la mesa de al lado o que alguien diga “¿ya viste esto?” para que el plan se venga abajo. De pronto, aquello que parecía una decisión tomada deja de existir.



Eso es exactamente lo que pasa en Rekō.
No porque tenga una carta interminable, sino porque cada página propone algo capaz de hacerte cambiar de opinión. Empiezas pensando en unos nigiris, luego aparece un udón carbonara ligeramente picante, después lees unas gyozas de wagyu con huitlacoche y, cuando llegas al apartado de platos fuertes, ya estás considerando pedir un pollito rostizado con curry amarillo o un robalo marinado en sake servido sobre hoja santa.


La propuesta del nuevo restaurante de Grupo San-tō parte de una conversación entre distintas cocinas asiáticas —principalmente Japón, Corea, China y el Sudeste Asiático— y diferentes ingredientes y técnicas mexicanas. El resultado busca encontrar puntos de encuentro entre ambas culturas con naturalidad. Ahí aparecen combinaciones como el hamachi con chocolate oaxaqueño, el rib eye marinado 24 horas en miso o un pastel de elote acompañado con nueces maceradas en sake.

Lo mejor es que esa mezcla también cambia la dinámica en tu mesa. Aquí es difícil que cada quien pida solo lo suyo. Siempre hay alguien que quiere probar el plato de enfrente, cambiar una orden en el último segundo o convencer al resto de pedir “uno al centro”. Rekō se disfruta así: dejando espacio para la curiosidad y aceptando que el menú va a ganar la discusión.


Y aunque probablemente termines comiendo algo completamente distinto a lo que imaginabas antes de llegar, esa es parte de la experiencia. Hay restaurantes donde la mejor decisión es mantenerte firme con tu pedido. En Rekō, en cambio, lo mejor es traicionarlo.



