Irlanda Flores no entiende la moda como una superficie. Para ella, como para RREVISTA una prenda puede contener memoria, una textura puede abrir una conversación y un traje puede contar la historia de una comunidad entera.
Originaria de Matías Romero Avendaño, Oaxaca, Irlanda ha construido su carrera como modelo, diseñadora y estilista desde un lugar profundamente personal: el de una mujer que no quiere solamente llevar sus raíces consigo, sino estudiarlas, cuestionarlas y llevarlas al mundo.

Estilismo y Realización: Irlanda Flores Fotos: Betsabe Galicia Ferrer Dirección
Su relación con la indumentaria del Istmo nació en casa, entre historias familiares, usos y costumbres, revistas de moda, arte y una obsesión temprana por los colores y las texturas. Desde niña supo que quería diseñar y modelar. Hoy, esa certeza se transforma en una búsqueda mucho más grande, recuperar parte de la memoria de su comunidad, reivindicar la diversidad de los rostros mexicanos y demostrar que la identidad oaxaqueña no pertenece al pasado.
Por eso Irlanda Flores es nuestra portada de septiembre. Porque representa una generación que entiende que mirar hacia las raíces también puede ser una manera de imaginar el futuro. Su belleza no necesita desprenderse de su historia para ocupar un lugar en la moda; precisamente ahí encuentra su fuerza.
“Quiero volver a lo que somos en realidad y llevarlo a cada rincón del mundo”

Irlanda, eres originaria de Oaxaca y tu relación con la moda está profundamente ligada a las historias de tu familia y a los trajes del Istmo.
¿Qué significa para ti llevar tus raíces contigo cuando entras a un set, una pasarela o una sesión de fotos?
Para mí significa orgullo. Orgullo de abrazar mi identidad, mi gente y mi cultura. Buscar esa visibilidad dentro de la industria me ha costado mucho trabajo y esfuerzo, pero pienso que sobre la marcha vas aprendiendo a invertir tu tiempo con las personas adecuadas, las personas que te aprecian y te suman a tu mente y a tu carrera.
Mi objetivo es darle visibilidad a mi arte, a mi trabajo como modelo istmeña y diseñadora que nació en el mejor país del mundo y en el estado con mayor diversidad cultural: Oaxaca.
Mi pueblo, Matías Romero Avendaño, con el paso del tiempo tristemente va perdiendo algunas de sus tradiciones y costumbres. Con mi investigación de tesis pude concluir que esto tiene que ver, entre otras cosas, con la visión cosmopolita de mi comunidad. Nuestra identidad se definió en gran parte por el ferrocarril, por lo que llegaron muchas personas de otros estados y también extranjeras.

A eso se suma que no tenemos tantos registros de nuestra historia: fotografías, libros de la época y otros documentos. También están la tecnología y las nuevas ideologías de las generaciones actuales. Existe cierto desinterés por rescatar lo que fuimos.
Y es justo lo que quiero cambiar: volver a lo que somos en realidad y llevarlo a cada rincón del mundo.
Durante mucho tiempo, la belleza mexicana que llegaba a las revistas respondía a un mismo molde. Hoy vemos cada vez más rostros que reivindican sus orígenes.
¿Qué significa para ti representar a Oaxaca desde la moda y el modelaje?
Es una responsabilidad. A pesar de que mi carrera está en crecimiento, somos parte de una imagen que queremos vender a las personas y me gustaría que vieran la diversidad de rasgos y pieles tan hermosas que tenemos aquí.
Pero también quiero hacerlo sin caer en el estereotipo de lo que suelen llamar “indígena” o exotizarnos por lo mismo. Somos sangre mestiza, somos una fusión de tejidos que representa la historia y el legado de nuestro estado. Queremos compartir nuestra propia historia.
El traje también cuenta quiénes somos
El traje tehuano no es solamente una pieza hermosa: detrás de sus colores, bordados y formas existen historias, familias, identidad y memoria.
¿Qué crees que todavía no entendemos de estas prendas cuando las miramos únicamente desde la estética?
Cuando miramos el traje tehuano únicamente desde la estética, corremos el riesgo de convertirlo en una imagen y olvidar que, antes que un objeto hermoso, es un objeto vivido.
Detrás de un bordado, una tela, una flor, un color o una determinada forma de llevar el traje existen decisiones, conocimientos, familias, economías, historias y también transformaciones.
El traje no permaneció intacto en el tiempo. Ha evolucionado con las mujeres que lo portan, con los materiales disponibles, con el comercio, con las técnicas, con las tendencias y con los gustos de cada comunidad. Por eso, para mí, hablar de “el traje tehuano” como si fuera una pieza única e inmutable también simplifica una realidad mucho más diversa.
Hay algo que considero fundamental: nosotras hacemos al traje, el traje no nos hace a nosotras.
El traje adquiere significado porque una mujer lo habita. Sin esa persona es un objeto; cuando ella lo porta, se convierte en identidad, memoria, celebración, pertenencia e incluso en una forma de expresar quién es y cómo quiere ser vista.
También debemos cuestionar ciertas versiones romantizadas de nuestra indumentaria. Durante mucho tiempo, miradas externas han interpretado, documentado y representado a las mujeres del Istmo desde sus propios imaginarios, y algunas de esas interpretaciones terminaron convirtiéndose en verdades aparentemente absolutas.
Se construyó una imagen muy poderosa de la mujer tehuana: elegante, exótica, tradicional, casi inmóvil en el tiempo. Pero la mujer cotidiana es mucho más compleja que esa imagen.
El traje también habla de creatividad. Las mujeres del Istmo han sido y siguen siendo diseñadoras de su propia apariencia: deciden sobre sus bordados, sus materiales, sus peinados, sus flores, su maquillaje y las maneras de combinar y transformar las prendas.
Cada generación interviene en esa construcción. Por eso las tendencias que aparecen en las velas, las bodas, las misas, los funerales y otras celebraciones no necesariamente destruyen la tradición; muchas veces son precisamente las que permiten que continúe viva.


El traje no es una reliquia. Es una construcción viva. Y mientras existan mujeres que lo habiten, lo cuestionen, lo transformen y lo vuelvan a crear, seguirá cambiando con nosotras.
Oaxaca tiene una identidad visual potentísima: sus textiles, colores, fiestas, arquitectura, gastronomía y paisajes.
¿Qué elemento de tu tierra sientes que más ha moldeado a la mujer que eres hoy?
La historia y la cultura.
Mis abuelos fueron profesores y mis padres y demás familia me fueron inculcando anécdotas, usos, costumbres e interés por el arte y el diseño. Me obsesioné con las texturas y los colores y empecé a pintar y leer mucho sobre artistas como Remedios Varo, Salvador Dalí, Siqueiros, Francisco Zúñiga y Alfredo Ramos Martínez, entre otros.
Además, mi mamá empezó a comprarme revistas de moda. La combinación de la ideología y las prácticas tradicionales de mi familia paterna con la visión de mi madre, más vinculada con la ciudad, me dio un cruce de ideas.
Empecé a diseñar y jugar con mis Barbies desde los siete años. Nunca cambié de dirección respecto a lo que quería hacer. Seré diseñadora y modelo hasta que muera.

Modelo y creadora
También eres diseñadora y estilista. ¿Cómo cambia tu manera de mirar la belleza cuando pasas de ser la persona frente a la cámara a ser quien construye una imagen, elige una prenda o cuenta una historia a través de ella?
Me encanta estar tanto por dentro como por fuera de las producciones. Entras en un tipo de metamorfosis.
La belleza desde esa perspectiva se torna moldeable y diversa. Debes estudiar todas las posibilidades, siempre pensando no solo en el diseño, sino también en el cliente.
Hay una conversación cada vez más importante alrededor de la apropiación cultural. Cuando una marca, diseñador o creador quiere trabajar con elementos de una comunidad como la tuya, ¿qué tendría que hacer antes de convertir esa cultura en una propuesta estética?
Informarse primero. No solamente sobre la historia, sino sobre el contexto, la política y la cultura del lugar y, sobre todo, involucrarse lo más posible con la comunidad que se pretende estudiar.
Hay una línea muy delgada entre apreciación y apropiación cultural. La diferencia está fundamentalmente en el respeto al origen, la colaboración y el reconocimiento de la historia detrás de cada elemento estético.
La apreciación cultural nace del diálogo, el estudio y una intención genuina de comprender el contexto y el significado simbólico de una tradición, otorgando siempre el crédito correspondiente e integrando a los creadores de forma justa.
La apropiación ocurre cuando se extraen formas, técnicas o símbolos de su contexto para utilizarlos como meros adornos o recursos comerciales, despojando a la comunidad de su autoría y del beneficio económico o cultural que le corresponde.
Para mí existen tres pilares: contextualización e investigación, co-creación y comercio justo, y evolución contemporánea sin descontextualización.
La tradición puede traducirse a propuestas modernas sin convertirla en folclor ni cliché. La historia puede evolucionar y, al mismo tiempo, conservar su dignidad.
“Que piense en grande”
Esta portada de RREVISTA es también un mensaje para las nuevas generaciones. Si una niña o una joven oaxaqueña te estuviera leyendo, ¿qué te gustaría que entendiera sobre sus raíces, su identidad y el lugar que puede ocupar en la moda?
Que sea terca y nunca deje de soñar y visualizar su futuro.
Que no crea en los límites, aunque las personas a veces tengan sesgos, miradas o estereotipos provenientes de otros países. Y, sobre todo, que sea disciplinada.
Hay que buscar las oportunidades y no esperar a que lleguen a nosotras.
Que entienda que su belleza es especial y única, como la de cada una de nosotras, y que piense en grande.
Lo que viene después
Más allá de la modelo, la diseñadora y la mujer que representa a Oaxaca, ¿qué sueña Irlanda para su propia vida? ¿Qué quieres construir que todavía no conocemos de ti?
Me encantaría poder compartir mi conocimiento con las nuevas generaciones.
También quiero viajar para explorar nuevos horizontes, conocer nuevas culturas y personas que me ayuden a atravesar este infinito mar de información.
Irlanda Flores: una portada que mira hacia adelante
Poner a Irlanda Flores en la portada de septiembre significa reconocer una idea de belleza mexicana que está cambiando desde sus propios territorios. Una belleza que no necesita borrar sus referencias para entrar en la conversación global, porque encuentra precisamente en ellas una manera de construir algo nuevo.
Irlanda lleva Oaxaca consigo, pero no como un accesorio. Lo lleva como investigación, como memoria, como responsabilidad y como futuro. Su historia habla de una mujer que creció entre tradición y contemporaneidad, entre las enseñanzas de su familia y las revistas de moda, entre el arte, el diseño y la necesidad de recuperar aquello que su comunidad corre el riesgo de olvidar.
Irlanda no mira sus raíces para quedarse en ellas. Las mira para saber hacia dónde ir.
Septiembre es suyo. Y esta portada también es una declaración: la moda mexicana tiene muchos rostros, muchas historias y muchas maneras de imaginar el futuro. Irlanda Flores es una de ellas.
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