La carrera de Alex Perea no se entiende como una línea ascendente de éxitos, sino como un proceso de depuración. Desde muy joven, cuando aún no había una noción clara de prestigio ni de “grandes ligas”, Perea aprendió algo esencial: actuar no es representar, es encarnar. Es dejar que el personaje se filtre en el cuerpo, en la respiración, en la manera de estar en el mundo, y luego —con disciplina— saber regresar a uno mismo.

Esa ética actoral atraviesa El Mochaorejas, la serie ya disponible en ViX, donde Alex interpreta al Chaneque. Un personaje que no se “hace” desde la superficie, sino que se habita desde zonas profundas y, muchas veces, incómodas. “Yo ya tenía mucho tiempo con él”, dice. “Llegó un punto en el que dejé de interpretarlo y empecé a vivir con él”.

El proceso fue largo y mentalmente exigente. Leer los guiones no implicó solo aprender escenas o entender una estructura dramática, sino enfrentarse a hechos que sí sucedieron. La serie parte de una realidad histórica: el secuestro como industria del terror en México. Y ahí, como señala Alex, la ficción no suaviza nada; al contrario, la realidad siempre termina por superar cualquier intento de dramatización. Durante semanas, la cabeza no le soltaba las imágenes, las preguntas, la violencia concreta detrás de cada página. “¿Habrá pasado así? ¿Habrá sido peor?”, se preguntaba.

Para sobrevivir emocionalmente al personaje, Perea desarrolló una rutina casi terapéutica: ejercicio, cine, caminar, ver más cine, convivir con su familia. Salir del personaje se volvió tan importante como entrar en él. No hacerlo habría significado cargar con una violencia que no le pertenece. En un país donde los secuestros siguen ocurriendo, esa distancia no es solo un método actoral, es una necesidad de salud mental.

Construir desde el vacío

Una de las mayores complejidades de El Mochaorejas fue trabajar desde cero. No había biografías detalladas ni descripciones cerradas de los personajes. Aunque existía investigación previa —coordinada por el productor Carlos Barrazalón—, la decisión creativa fue clara: no replicar personas reales, no copiar gestos ni rostros, sino imaginar motivaciones. Preguntarse quiénes eran, por qué hacían lo que hacían, cómo se relacionaban entre ellos.

En el caso del Chaneque, Alex entendió pronto que no se trataba de un villano consciente de su monstruosidad. Es alguien que no dimensiona la gravedad de lo que está viviendo, al menos no al inicio. Observa, obedece, internaliza. El miedo y la admiración conviven en él hasta que, poco a poco, la realidad se vuelve imposible de negar. Esa transición —ese momento en el que la violencia deja de ser abstracta— fue clave en su trabajo corporal: el personaje se alojó en la postura, en el cansancio, en una respiración contenida que nunca termina de relajarse.

El trabajo con Damián Alcázar fue fundamental para lograr esa densidad. No era la primera vez que compartían set; de hecho, era ya la cuarta. Entre ellos existe una complicidad que no necesita explicaciones largas: ambos entienden que los personajes deben tener vida incluso cuando no hablan. El director lo dejó claro desde el inicio: aunque no hubiera texto, aunque la escena estuviera centrada en otro punto, la pandilla debía sentirse real, en movimiento, con vínculos visibles, con una lógica interna reconocible.

Ese detalle construye una de las grandes virtudes de la serie: la sensación de estar frente a un mundo que existe más allá del encuadre.

Actuar la violencia sin glorificarla

Uno de los temas centrales de la entrevista con Alex Perea es la pregunta ética: ¿cómo actuar la violencia sin convertirla en espectáculo? La respuesta no está solo en el actor, sino en una suma de decisiones colectivas. Desde la dirección, la cámara evita la glorificación: mantiene distancia de los victimarios y se aproxima a las víctimas con otro lenguaje visual. No hay planos que busquen simpatía ni carisma en la pandilla. Hay frialdad, crudeza, incomodidad.

Alex lo explica con claridad: no se trata de romantizar a nadie, sino de mostrar lo que sucede de la forma más honesta posible. Incluso dentro de la ficción, los personajes —incluido el Chaneque— intentan no mirar, disociarse, voltear la cara ante lo que está ocurriendo. Ese gesto, casi imperceptible, dice mucho más que cualquier diálogo explícito.

Para Perea, este proyecto fue uno de los más terroríficos de su carrera, no por el género, sino por la certeza de que todo aquello había pasado. A diferencia del terror fantástico o de la ficción pura, aquí no había escapatoria simbólica. Solo la conciencia de estar representando una herida que sigue abierta.

Incomodar como acto político

Cuando se le pregunta qué espera que signifiquen estos personajes en su carrera, Alex responde desde la responsabilidad social. No habla de premios ni de reconocimiento, sino de conciencia. De aportar, aunque sea mínimamente, a que las nuevas generaciones entiendan lo que ocurrió y lo que sigue ocurriendo. Él nació en 1989; recuerda fragmentos de esa violencia a través de las noticias, de las conversaciones familiares. Hoy, muchos jóvenes no tienen esa memoria directa. La ficción, bien hecha, puede ser una forma de recordatorio.

Por eso, ante la pregunta de si hoy le interesa más ser comprendido o ser incómodo, su postura es clara: incomodar. Los personajes que incomodan son los que enseñan, los que obligan a aprender algo nuevo. Esa misma lógica lo ha llevado a transitar registros muy distintos, como la sátira política junto a Luis Estrada. En El Infierno o ¡Que viva México!, Perea entendió que el exceso, lo grotesco y lo incómodo también son herramientas poderosas para hablar de realidades profundamente dolorosas.

Una trayectoria que vuelve al origen

Hablar de Alex Perea es también hablar de una carrera que comenzó temprano y que ha sabido reinventarse. Desde sus primeros trabajos en televisión —cuando aún era un niño— hasta su etapa de formación, su paso por el cine internacional y ese momento incierto de la adolescencia actoral, cuando no era ni niño ni galán, Perea eligió prepararse y esperar.

Trabajó con figuras como Eugenio Derbez, compartió pantalla con Martin Sheen, y construyó una filmografía diversa, siempre marcada por la búsqueda. Volver a encontrarse con Damián Alcázar décadas después —tras aquel primer proyecto infantil— tiene algo de cierre simbólico: el inicio y el presente unidos por una misma exigencia artística.

Hoy, El Mochaorejas representa eso: un punto de madurez donde la técnica, la ética y la conciencia social se cruzan. Alex Perea no actúa para tranquilizar al espectador. Actúa para interpelarlo. Y en una época donde la violencia corre el riesgo de volverse consumo, esa postura no solo es artística: es profundamente política.

Todas la fotos son cortesía.

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