Después de ver La vida es…, al día siguiente tenía pactada la entrevista. Y en este “deber ser” constante que vivimos las mujeres —ese que nadie nos exige realmente más que nuestra propia cabeza— mientras la comida terminaba de cocinarse, me senté con premura frente a la pantalla pensando en todo lo que quería preguntarles en los 12 minutos exactos que el equipo me había asignado para hablar con ellas.
En realidad, la conversación dejó de sentirse como una entrevista muy rápido.
Se convirtió en una plática de mujer a mujer. De temores, ansiedad y satisfacciones compartidas entre mujeres en sus treintas y quién está atravesando sus cuarentas. Y quizá por eso La vida es… golpea tan distinto: porque no intenta explicar la complejidad femenina, simplemente la deja existir y nos acompañamos.
Hay películas que se entienden desde la lógica. Y hay otras que se sienten desde un lugar mucho más íntimo, más incómodo, más humano. La vida es… pertenece a esa segunda categoría: una historia que no busca darte respuestas, sino acompañarte en el ruido mental, emocional y existencial que implica simplemente vivir.

La cinta, dirigida y escrita por Lorena Villarreal, ha comenzado a consolidar su recorrido internacional con su participación en la Selección Oficial del Chicago Latino Film Festival, uno de los encuentros más importantes para el cine latino en Estados Unidos. Antes de su estreno comercial en México este 21 de mayo bajo el sello de Tulip Pictures, la película continúa posicionándose como una de las propuestas mexicanas más sensibles del año.
Y tiene sentido. Porque más allá de la narrativa, La vida es… logra algo mucho más difícil: traducir emocionalmente el caos interno femenino.
Durante nuestra conversación, Lorena explicó que la historia nació desde una etapa profundamente personal relacionada con la media edad y todos los cuestionamientos que llegan con ella. “Tu cuerpo cambia, tus emociones cambian y empiezas a preguntarte si ya deberías tener la vida resuelta”, comparte.
Lejos de abordar esa crisis desde el drama absoluto, decidió hacerlo desde un tono que mezcla comedia, vulnerabilidad y honestidad emocional. “La comedia te permite explorar temas complejos sin que se sientan pesados”, dice. Y justo ahí está uno de los mayores aciertos de la película: retratar pensamientos, contradicciones y emociones femeninas sin intentar acomodarlas o simplificarlas.
La directora quería entrar a la cabeza de estas mujeres, entenderlas y mostrar algo que muchas veces permanece oculto incluso para quienes las rodean. “Hay hombres que sienten que les estamos compartiendo un secreto muy bien guardado”, comenta entre risas.

Protagonizada por Paulina García, Naian González Norvind, Natalia Plascencia y Rubén Ochandiano, la película construye un relato íntimo sobre vínculos, pérdidas, memoria y la posibilidad de reinventarse.
Por su parte, Naian habla del proceso como una construcción colectiva más que individual. Su personaje, Eli, no existe sin las demás mujeres de la historia. “Es una película muy coral”, explica. Antes del rodaje hubo ensayos, conversaciones y una convivencia constante que terminó convirtiéndose en vínculos reales. “Descubrí a mi tribu”, comparte la actriz.
Y esa conexión se siente en pantalla. Las relaciones entre los personajes tienen una naturalidad difícil de fabricar: silencios cómodos, miradas cómplices y discusiones emocionales que parecen arrancadas de la vida real. Naian asegura que mucho de eso se logró gracias a la apertura creativa de Lorena: “Hay proyectos donde te sientes como un soldadito siguiendo órdenes y otros donde todos crean desde el corazón. Este fue uno de esos”.
Uno de los momentos más fuertes para Lorena durante el rodaje fue trabajar las escenas relacionadas con la muerte y la pérdida. La directora admite que ahí volcó experiencias personales ligadas a la pandemia y al miedo de perder a su madre. “Hay dolores que son inexpresables y el cine se convierte en una forma de traducirlos”, explica.
Rodada entre el Valle de Guadalupe, Tijuana y Rosarito, la película convierte el paisaje del norte de Baja California en un personaje emocional más. La atmósfera visual —íntima, desordenada, cálida y profundamente sensorial— acompaña perfectamente la narrativa mental de sus protagonistas.
Nada se siente perfectamente acomodado y eso es completamente intencional. Lorena quería filmar desde lo imperfecto porque, ahí vive lo verdadero. “La vida no es lineal. La mente tampoco”, dice. Y esa idea atraviesa toda la película: recuerdos que aparecen sin aviso, pensamientos simultáneos, ansiedad, nostalgia y emociones conviviendo al mismo tiempo.

Quizá por eso La vida es… conecta de forma tan particular con quienes vivimos constantemente dentro de nuestra propia cabeza. Porque más que intentar explicar a las mujeres, la película simplemente permite habitarlas por un momento.
Y en medio de todo ese caos emocional, la película deja algo claro: nadie tiene realmente la vida resuelta.



