En San Felipe del Agua, al norte de Oaxaca, Flavia no intenta reproducir la imagen que suele venderse de la ciudad.

El hotel apuesta por el concreto, el arte contemporáneo y una colección de espacios que ponen en tensión el diseño, la memoria familiar y la hospitalidad de lujo.

Fotografía por: Zowie

El proyecto nació con otra intención. La propiedad se concibió como una casa que su dueño heredaría a sus hijos, pero se imaginó como un destino distinto: convertirla en un hotel. Así comenzó la aventura empresarial de Noemí Gurrión y Vera García, una iniciativa que conserva en su nombre la memoria de Flavia, la abuela de la familia. De aquella idea surgió un lugar que hoy reúne once habitaciones, restaurante, bar, jardines, espacios privados y un centro dedicado al movimiento y el bienestar.

La arquitectura, a cargo de João Boto Caeiro, establece el tono desde el primer momento. El edificio se construye alrededor de una estructura de concreto de escala monumental, una pieza que requirió maquinaria pesada para su instalación. El resultado es un brutalismo que no busca suavizarse para pasar inadvertido. Su presencia contrasta con la vegetación y con las vistas hacia la Sierra Norte, mientras la luz transforma la percepción de los interiores a lo largo del día.

Pero el concreto es solo una parte de la historia. El arte atraviesa el hotel y evita que la arquitectura se convierta en el único argumento. Obras de Tamayo, Sergio Hernández y otros artistas conviven en las habitaciones y las áreas comunes. La colección no responde a una estética uniforme, hay distintas generaciones, lenguajes y referencias que hacen que cada espacio tenga una lectura particular.

Fotografía por: Zowie

Once habitaciones, once formas de mirar

En Flavia, recorrer las habitaciones también implica recorrer distintas aproximaciones al arte y al diseño. La obra del maestro Francisco Toledo, forma parte de un entorno donde las obras no quedan aisladas del espacio arquitectónico, acompañan.

Bunker propone otra experiencia. La luz entra por un tragaluz que puede abrirse para despertar a los huéspedes con el sol o convertirse en un blackout total. El espacio incorpora referencias de diseño y piezas artísticas, entre ellas obra de Sabino Guisu. Aquí, la arquitectura no es únicamente algo que se contempla: también determina cómo se habita una habitación, cómo cambia durante el día y qué relación establece el cuerpo con la luz.

En otras habitaciones aparecen obras de artistas como María Rosa Astorga y Lucio Santiago. Biblioteca reúne una litografía de Picasso, mientras Teatro incorpora una pintura de Lucio Santiago. La variedad impide que el recorrido se reduzca a una fórmula decorativa repetida habitación tras habitación.

La colección también tiene una dimensión ligada al territorio. Entre las piezas de Sabino Guisu se encuentran trabajos realizados mediante su característica técnica de humo y un chimalli, escudo asociado con los guerreros y sus símbolos de protección y triunfo. En las áreas comunes, las obras establecen otros vínculos con la historia y la memoria. La intención curatorial se percibe en la convivencia entre piezas y arquitectura, aunque esa presencia también plantea una cuestión pertinente: cómo evitar que el arte se convierta en un atributo de exclusividad dentro de la industria hotelera.

Fotografía por: Zowie

El legado familiar, más allá del nombre

La memoria de Flavia aparece con especial claridad en el Salón Francés, uno de los espacios más singulares del hotel. El piano, la chimenea, las referencias a la elegancia europea y una composición marcada por la opulencia construyen una atmósfera distinta a la del brutalismo exterior.

El salón puede funcionar como espacio privado para encuentros y experiencias musicales, incluso con sesiones de piano a puerta cerrada.

Fotografía por: Zowie

Los jardines ofrecen otro contrapunto. La idea y concepto inicial del Jardín es obra del Maestro Francisco Toledo quien dirigió, supervisó y veló por el Jardín hasta el final de sus días. El pintor oaxaqueño Luis Zárate tomó las decisioes estéticas, diseñó los caminos y canales ornamentales que evitan que las partes bajas se inunden durante las lluvias y la Aquitecta María Claudina López Morales y el Arquitecto paisajista Saúl Alcántara Onofre, colaboraron en la ejecución arquitectónica y paisajística del Jardín.

Fotografía por: Zowie

Bienestar, gastronomía y paisaje

La propuesta de Flavia no termina en las habitaciones. QUIOTE, su centro de movimiento y bienestar, integra barre, yoga y movimiento somático. El proyecto también contempla la formación de coaches locales, con la intención de que parte del conocimiento y las prácticas incorporadas al hotel puedan compartirse con la comunidad. Es un gesto que merece atención en un destino donde los nuevos proyectos turísticos deben preguntarse qué dejan más allá de su propia operación.

En MISTURA el paisaje se convierte en una presencia constante. Desde la terraza es posible observar cómo se forman las nubes y la lluvia avanza sobre las montañas, una escena que cambia sin necesidad de intervención. El hotel cuenta además con una cava propia y vino elaborado por Casa de Piedra.

Fotografía por: Zowie

Son detalles que amplían la experiencia, pero también revelan la complejidad del proyecto: Flavia reúne una colección artística, referencias culturales, prácticas de bienestar y una oferta gastronómica dentro de una propuesta de lujo. Su interés no está en acumular servicios, sino en cómo esos elementos dialogan con la arquitectura y entre sí.

Flavia es una casa que cambió de destino. Su brutalismo, sus obras y sus espacios privados construyen una identidad que se aparta de la representación más previsible de Oaxaca. Sin embargo, su relación con el territorio no puede darse por sentada solo porque exhiba arte de creadores mexicanos o se encuentre junto a la Sierra Norte. El verdadero desafío de un proyecto así es que la cultura no funcione como una capa estética, sino como una relación viva con el lugar que lo hace posible.

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